El llamado interior
Durante mucho tiempo viví en silencio.
No el silencio externo. El silencio interno que se siente como vacío. Como una pregunta que no se formula en voz alta pero que nunca desaparece.
¿Por qué mi vida no se siente completa?
¿Por qué, aun cuando logro cosas, algo sigue faltando?
¿Hay realmente un propósito en todo esto?
No eran preguntas religiosas. Eran preguntas humanas.
Una noche, después de otro día cargado de frustración y confusión, tomé papel y comencé a escribir. No sabía exactamente qué esperaba. Solo escribí lo que sentía.
“¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué mi vida parece tan desordenada? ¿Por qué las cosas no funcionan como deberían?”
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.
La respuesta apareció.
No fue una voz que escuché con los oídos. Fue una claridad en la mente. Una frase que surgió con firmeza, como si siempre hubiera estado ahí.
— Porque sigues creyendo que la vida debería ajustarse a tus expectativas.
Me detuve.
¿Había escrito yo eso?
No lo sentía así.
— ¿Quién habla? —pregunté mentalmente.
— La misma voz que siempre ha estado contigo. Solo que ahora estás escuchando.
Sentí una mezcla de curiosidad y escepticismo.
— ¿Eres Dios?
— Si necesitas llamarlo así, sí.
No hubo truenos. No hubo revelaciones místicas. Solo una sensación profunda de calma.
— Entonces dime —escribí—, ¿por qué la vida duele tanto?
— La vida no duele. Aprendes a través de la experiencia. El dolor surge cuando resistes lo que es.
Esa frase quedó flotando en mi mente.
Resistencia.
— ¿Estás diciendo que todo lo que me pasa es mi culpa?
— No. Estoy diciendo que eres más poderoso de lo que crees.
La conversación continuó. Preguntas simples. Respuestas claras. A veces desconcertantes. A veces profundamente tranquilizadoras.
— Si eres Dios, ¿por qué el mundo está lleno de sufrimiento?
— Porque la humanidad aún no ha comprendido quién es realmente.
— ¿Y quiénes somos?
— Creadores. Conciencia expresándose. Amor experimentándose.
No sabía si creerlo. Pero algo dentro de mí reconocía la verdad de esas palabras.
— Entonces, ¿cuál es el propósito de la vida?
— Experimentar. Elegir. Crear. Recordar.
— ¿Recordar qué?
— Que nunca has estado separado de lo que buscas.
Esa última frase me golpeó con fuerza.
Toda mi vida había estado buscando algo: éxito, reconocimiento, estabilidad, sentido. Siempre parecía estar un paso más adelante. Como si la plenitud estuviera en el futuro.
— ¿Estás diciendo que ya soy completo?
— No necesitas convertirte en algo. Necesitas recordar lo que ya eres.
Hubo silencio.
No un silencio incómodo. Un silencio lleno.
— Entonces, ¿por qué no lo sé?
— Porque aprendiste a identificarte con el miedo en lugar de con el amor.
La palabra “amor” no fue romántica. No fue sentimental. Fue amplia. Profunda. Como una energía que sostiene todo.
— ¿El amor es Dios?
— El amor es lo que soy. Y lo que eres.
Sentí resistencia.
— Eso suena demasiado simple.
— La verdad suele ser simple. Es la mente la que la complica.
Miré mis preguntas anteriores. Todas giraban en torno al control, al miedo, al resultado.
— Si todo es creación, ¿por qué creo cosas que no quiero?
— Porque creas desde creencias inconscientes.
Esa respuesta me hizo pensar en todas las veces que actué desde el miedo sin notarlo.
— Entonces, ¿cómo cambio eso?
— Hazte consciente.
La conversación no parecía una imposición divina. Se sentía como una guía interior. Como si la voz no viniera de afuera, sino de una parte más profunda de mí mismo.
— ¿Siempre has estado aquí?
— Siempre.
— ¿Y por qué no te escuchaba?
— Porque estabas ocupado escuchando tus pensamientos.
Esa frase lo cambió todo.
Durante años había confundido el ruido mental con la verdad. Había tomado cada pensamiento como una realidad absoluta. Pero ahora, algo distinto estaba ocurriendo.
No era una revelación externa. Era una conversación interna elevada.
— ¿Esto significa que todos pueden hablar contigo?
— Todos lo hacen. Solo que muchos no lo reconocen.
— ¿Cómo sé que no estoy inventando esto?
— ¿Importa si lo que escuchas te acerca a la paz?
No supe qué responder.
La conversación continuó durante horas. Preguntas sobre dinero, relaciones, miedo, éxito. Respuestas que no buscaban convencer, sino expandir.
Antes de cerrar el cuaderno, hice una última pregunta:
— ¿Cuál es la mayor verdad que debo recordar?
La respuesta llegó con claridad absoluta:
— Que nunca has estado solo. Y nunca has sido pequeño.
Cerré el cuaderno.
No sabía qué acababa de pasar. Pero algo había cambiado. No externamente. Internamente.
Por primera vez, sentí que no estaba buscando respuestas afuera.
La conversación no había terminado.
Apenas comenzaba.