El miedo y el amor

Capítulo 2 • 27 Feb 2026 1 vistas 5 min

La mañana siguiente desperté con una sensación extraña.

No sabía si lo ocurrido la noche anterior había sido imaginación, autosugestión o algo más profundo. Pero la claridad que sentía no era común.

Tomé el cuaderno nuevamente.

— Si realmente eres Dios… quiero entender algo.

La respuesta llegó sin esfuerzo.

— Pregunta.

— Dijiste que me identifiqué con el miedo en lugar del amor. ¿Qué significa eso exactamente?

Hubo una pausa. No externa. Interna.

— Existen solo dos energías fundamentales desde las que actúa el ser humano: miedo o amor.

— ¿Solo dos? Eso suena demasiado simplificado.

— Todo lo que haces, piensas o decides nace de una de ellas.

Me quedé en silencio.

— Entonces, cuando me preocupo por el dinero…

— Miedo.

— Cuando me siento celoso…

— Miedo.

— Cuando necesito aprobación…

— Miedo.

La palabra no era acusatoria. Era clara.

— ¿Y el amor?

— El amor no necesita. El amor comparte. El amor no controla. Confía. El amor no compite. Expande.

Algo dentro de mí comenzó a conectar.

— ¿Estás diciendo que incluso mis decisiones “lógicas” pueden estar basadas en miedo?

— La mayoría lo están.

Sentí una pequeña incomodidad.

— Pero el miedo es necesario. Nos protege.

— El miedo físico protege el cuerpo. El miedo psicológico protege una identidad imaginaria.

Esa frase me atravesó.

— ¿Identidad imaginaria?

— La imagen que tienes de ti mismo. Tu historia. Tus etiquetas. Tu necesidad de validación. Eso no eres tú. Es lo que aprendiste a creer que eres.

Respiré profundo.

— Entonces… ¿vivimos casi siempre desde el miedo?

— La humanidad ha normalizado el miedo.

— ¿Y cómo se vive desde el amor?

— Con conciencia.

La respuesta parecía simple, pero sabía que no lo era.

— Explícame.

— Cuando eliges actuar sin necesidad de defenderte. Cuando dices la verdad sin agresión. Cuando perdonas sin sentirte superior. Cuando ayudas sin esperar recompensa. Eso es amor.

— ¿Y si el otro no responde igual?

— El amor no depende de la reacción del otro.

Sentí resistencia otra vez.

— Eso suena vulnerable.

— Lo es. El amor es vulnerable porque no se protege detrás del ego.

— ¿Y si me lastiman?

— El miedo intenta evitar el dolor a toda costa. El amor entiende que la experiencia forma parte del crecimiento.

Guardé silencio.

— ¿Entonces debo dejar de tener miedo?

— No. Debes reconocerlo.

— ¿Cuál es la diferencia?

— Cuando no reconoces el miedo, él decide por ti. Cuando lo reconoces, puedes elegir diferente.

Eso cambió la perspectiva.

No se trataba de eliminar el miedo, sino de verlo.

— ¿Cómo sé desde qué energía estoy actuando?

— Hazte esta pregunta antes de decidir: “¿Esto nace del miedo o del amor?”

La simplicidad me sorprendió.

— ¿Y si no estoy seguro?

— Observa la intención. El miedo contrae. El amor expande.

Esa frase quedó resonando.

Miedo contrae.
Amor expande.

— Entonces, ¿la vida es una elección constante entre estas dos energías?

— Exactamente.

— ¿Y cuál es el propósito de esa elección?

— Experimentar quién decides ser.

La conversación comenzó a tomar una dimensión más profunda.

— ¿Estás diciendo que no vine a “sobrevivir”, sino a elegir?

— Viniste a crear.

— ¿Crear qué?

— Tu versión más consciente.

Sentí algo distinto en el pecho. No emoción intensa. Más bien claridad.

— Entonces, cada momento es una oportunidad.

— Cada momento es una elección.

Miré hacia atrás mentalmente. Muchas decisiones en mi vida habían sido tomadas desde inseguridad, desde necesidad de validación, desde comparación.

— ¿Eso significa que he estado creando desde el miedo?

— Has estado aprendiendo.

La respuesta no tenía juicio.

— ¿Y si empiezo a elegir desde el amor ahora?

— Tu realidad comenzará a reflejarlo.

— ¿Cómo?

— El amor cambia tu percepción. Y tu percepción cambia tu experiencia.

Esa idea era poderosa.

— Entonces el mundo no cambia primero. Cambio yo.

— Exactamente.

Sentí un momento de silencio profundo.

— ¿Y si fallo?

— No puedes fallar en aprender.

La conversación ya no se sentía como algo externo. Era como si una parte más elevada de mi conciencia estuviera guiando el diálogo.

— Entonces dime algo claro —escribí—. ¿Cuál es la mayor ilusión que sostiene el miedo?

La respuesta llegó inmediata.

— Que estás separado.

Me quedé quieto.

— Separado de qué.

— De los demás. De la vida. De mí.

— ¿Y no lo estoy?

— Nunca lo estuviste.

El silencio que siguió fue diferente. Más amplio. Más profundo.

— Entonces, si no estoy separado…

— Entonces el amor no es una opción moral. Es tu naturaleza.

Cerré el cuaderno lentamente.

Si eso era cierto, toda mi vida había estado basada en una idea equivocada.

No estaba aquí para competir.

No estaba aquí para defender una identidad.

Estaba aquí para recordar.

La conversación no estaba resolviendo todos mis problemas.

Estaba cambiando la forma en que los veía.

Y eso lo cambiaba todo.

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