Por qué el tiempo se acelera

Capítulo 8 • 10 Feb 2026 3 vistas 3 min

Una de las experiencias más compartidas por los seres humanos es esta:
a medida que envejecemos, el tiempo parece pasar más rápido.

La infancia se recuerda larga, densa, llena de momentos. Los años adultos, en cambio, parecen comprimirse. Los meses se suceden sin dejar huella clara. Los días se confunden.

No es una ilusión trivial. Es una experiencia sistemática.

Y no se explica solo con frases como “la rutina” o “la costumbre”. Tiene raíces profundas en cómo el cerebro y el cuerpo construyen el tiempo.

La novedad estira el tiempo

Durante la infancia, casi todo es nuevo. Cada experiencia requiere atención, aprendizaje, adaptación. El cerebro registra más información, crea más huellas, establece más conexiones.

Cuando hay novedad, el tiempo se expande.

No porque el reloj cambie, sino porque el cerebro graba más.

A mayor densidad de huellas, mayor sensación de duración al mirar hacia atrás.

La repetición comprime la experiencia

Con los años, muchas experiencias se vuelven previsibles. El cuerpo sabe cómo responder. El cerebro no necesita registrar tantos detalles.

Cuando la experiencia se vuelve repetitiva, se registran menos huellas. Y al mirar atrás, el periodo parece más corto.

El tiempo no se acelera mientras se vive.
Se comprime al recordarse.

El papel del cuerpo

El cuerpo también cambia con la edad. Los ritmos se vuelven más estables, pero también menos flexibles. El organismo responde de manera más predecible.

Esa previsibilidad reduce la necesidad de actualización constante. El cerebro entra en modos de eficiencia. Menos exploración, más automatismo.

La experiencia pierde densidad temporal.

Atención y presencia

El tiempo se acelera cuando la atención se reduce. No porque vivamos menos, sino porque registramos menos.

Momentos de atención plena, incluso en la adultez, pueden estirar la experiencia. Viajes, aprendizajes nuevos, cambios significativos rompen la compresión temporal.

No es la edad en sí lo que acelera el tiempo.
Es la pérdida de novedad y atención sostenida.

El mito del tiempo perdido

Decimos que “el tiempo se nos fue”, pero el tiempo no se pierde. Lo que se pierde es la huella.

No recordamos los días porque no dejaron marcas diferenciadas. No porque no hayan ocurrido.

La vida sigue siendo larga.
Nuestra memoria la vuelve corta.

Cambiar la relación con el tiempo

No se trata de forzar experiencias intensas ni de vivir en constante novedad. Se trata de comprender que el tiempo vivido depende de cómo se registra la experiencia.

Pequeños cambios en atención, ritmo y corporalidad pueden modificar profundamente la percepción del tiempo.

Hacia el final

Este capítulo nos muestra que el tiempo no es solo una estructura física o mental. Es una experiencia biográfica.

No sentimos el tiempo pasar igual a los veinte que a los cincuenta porque no somos el mismo organismo, ni el mismo sistema perceptivo.

En el próximo capítulo entraremos en el nivel más íntimo: cómo el cuerpo y el cerebro generan relojes internos, ritmos y sincronías que organizan nuestra experiencia temporal sin que lo notemos.

Porque antes de mirar el reloj,
el cuerpo ya estaba contando.

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