Capítulo 1
EL MUNDO QUE YA NO SERVÍA
No fue el fuego lo que destruyó a la primera humanidad. No fueron las guerras, ni las plagas, ni los desastres que sacudieron la corteza del planeta como si este intentara desprenderse de una infección. Fue algo más silencioso, más profundo: una podredumbre que vivía en el código mismo de la especie.
Los científicos del Consejo Superior —aquellos que las generaciones futuras llamarían dioses— llevaban décadas monitoreando la degradación. Los informes eran unánimes y demoledores. El ADN humano estaba colapsando. Cada nueva generación nacía con más errores en su secuencia genética, más predisposiciones a la violencia sin causa, más incapacidad para sentir empatía. No era una enfermedad que pudiera curarse con medicinas o terapias. Era la especie misma la que se estaba deshaciendo desde adentro.
El doctor Elián Soren, director del Proyecto Edén, lo explicó con una metáfora que se volvería célebre entre los pocos que conocían la verdad: «Imaginen un libro que se copia a sí mismo una y otra vez. Cada copia tiene un error más que la anterior. Al principio los errores son imperceptibles, una letra aquí, una coma allá. Pero después de miles de copias, el texto ya no dice nada. Es ruido. Eso es lo que somos ahora: ruido genético.»
La humanidad exterior —los miles de millones que habitaban las ciudades en decadencia, los campos envenenados, las costas inundadas— no tenía idea de lo que ocurría en los niveles más profundos de su biología. Seguían reproduciéndose, seguían construyendo y destruyendo, seguían odiando y amando con la misma intensidad superficial de siempre. Pero los patrones eran claros para quienes sabían leer los datos: la curva descendente no tenía retorno.
Fue entonces cuando el Consejo tomó la decisión más radical en la historia de la civilización. No intentarían salvar lo que ya estaba perdido. En lugar de eso, empezarían de nuevo. Crearían dos seres humanos desde cero, con un genoma limpio, sin las mutaciones acumuladas durante milenios de degradación. Dos seres que no supieran nada del mundo que los precedía. Dos seres que fueran, en todo sentido, inocentes.
El proyecto se llamó Edén. Y el lugar donde estos nuevos humanos serían cultivados —porque esa era la palabra exacta, cultivados— recibiría el mismo nombre.