Capítulo 2
LA FABRICACIÓN DE LA INOCENCIA
El laboratorio se encontraba en una isla artificial en el Pacífico Sur, construida sobre los restos de un atolón que el cambio climático había sumergido hacía medio siglo. Desde el aire parecía un paraíso: vegetación exuberante, cascadas que caían sobre rocas pulidas por el agua, ríos cristalinos que serpentaban entre praderas de un verde imposible. Todo era real y todo era diseñado. Cada árbol había sido plantado con un propósito. Cada animal había sido seleccionado por su docilidad. Incluso la temperatura y la humedad estaban controladas por una red de satélites que mantenían un microclima perfecto.
La doctora Maren Voss, genetista principal del proyecto, supervisó personalmente la creación de los dos especímenes. El primero, designado internamente como Sujeto A-1, fue desarrollado a partir de un genoma sintético que combinaba las mejores secuencias identificadas en el registro genético humano de los últimos diez mil años. Cada gen fue revisado, corregido, optimizado. El resultado fue un varón de constitución atlética, con una capacidad cognitiva excepcional pero sin ningún conocimiento previo. Una página en blanco biológica.
La segunda, Sujeto E-1, fue creada con el mismo rigor. Su genoma era complementario al del primer sujeto, diseñado no solo para la supervivencia individual sino para la compatibilidad reproductiva perfecta. Si algún día estos dos seres decidían unirse, su descendencia tendría la base genética más limpia que la especie hubiera conocido en milenios.
Los nombres que les asignaron para los registros internos fueron escogidos con una ironía que solo los miembros del Consejo podían apreciar: Adán y Eva. No porque fueran los primeros humanos —la humanidad llevaba cientos de miles de años sobre la Tierra— sino porque serían, con suerte, los primeros humanos que valieran la pena.
Fueron despertados por separado, con horas de diferencia, en extremos opuestos del jardín. Cada uno abrió los ojos al mundo sin memoria, sin lenguaje, sin miedo. Lo primero que vio Adán fue el cielo azul a través del dosel de un árbol enorme. Lo primero que vio Eva fue un arroyo donde su propio reflejo la observaba con curiosidad.
Y desde las cámaras ocultas en cada roca, en cada tronco, en cada hoja, los científicos del Consejo comenzaron a observar.