Capítulo 3

LOS DÍAS DE LA PUREZA

05 Mar 2026 6 vistas 3 min

Las primeras semanas fueron extraordinarias. Los informes diarios del equipo de observación leían como poesía científica. Adán exploraba el mundo con una curiosidad metódica que asombraba a los investigadores. Tocaba cada superficie, olía cada flor, probaba cada fruto con la concentración absoluta de quien descubre el universo por primera vez. No había prisa en sus movimientos, no había ansiedad. Solo una atención plena que los humanos del exterior habían perdido hacía generaciones.
Eva, por su parte, mostró desde el principio una inteligencia social que el equipo no había anticipado. Antes de encontrarse con Adán —lo cual ocurrió al séptimo día, cuando los caminos que habían trazado por el jardín finalmente convergieron junto a un lago—, Eva ya había comenzado a construir. Apilaba piedras en formaciones que parecían tener un orden interno. Tejía hojas largas en patrones que repetía con variaciones, como si estuviera desarrollando un lenguaje visual propio.
El encuentro entre ambos fue documentado con detalle obsesivo. Se miraron durante casi cuatro minutos sin moverse. Luego Eva extendió la mano y tocó el brazo de Adán. Él no se apartó. Ella emitió un sonido —el primer sonido que cualquiera de los dos producía voluntariamente— y él lo repitió. En cuestión de días habían desarrollado un sistema rudimentario de comunicación que combinaba sonidos, gestos y expresiones faciales.
La doctora Voss escribió en su diario personal: «Son todo lo que esperábamos y más. No hay agresión. No hay engaño. No hay la más mínima sombra de las patologías que definen a nuestra especie. Cuando uno de ellos encuentra comida, la comparte. Cuando uno duerme, el otro vigila. Cuando uno sufre —Adán se cortó un pie con una roca afilada la tercera semana— el otro permanece a su lado hasta que el dolor pasa. Es como observar lo que pudimos haber sido.»
Pero había algo que inquietaba a ciertos miembros del equipo, algo que nadie se atrevía a mencionar en las reuniones oficiales pero que circulaba en conversaciones privadas: Adán y Eva no mostraban ningún interés sexual el uno por el otro. Dormían juntos, se tocaban con frecuencia, compartían calor corporal durante las noches frías. Pero no había deseo. No había la chispa que, según todo lo que la ciencia sabía sobre la biología humana, debería haberse encendido hacía semanas.
El doctor Soren, sin embargo, no estaba preocupado. Estaba fascinado. Porque esa ausencia de impulso sexual era exactamente lo que él había diseñado. La inocencia de Adán y Eva no era solo psicológica: era bioquímica. Sus sistemas hormonales habían sido calibrados para mantener la atracción sexual dormida hasta que un catalizador específico la activara. Un catalizador que el equipo controlaba.
Un catalizador que, en los archivos del proyecto, tenía un nombre en clave: el Fruto.

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