Capítulo 4
LA SERPIENTE EN EL DISEÑO
El debate dentro del Consejo duró meses. La pregunta central era simple en su formulación y devastadora en sus implicaciones: ¿debían activar el catalizador?
Un sector, liderado por la doctora Voss, argumentaba que no. Que Adán y Eva eran perfectos tal como estaban. Que su inocencia era el logro más grande del proyecto y que introducir el despertar sexual los contaminaría inevitablemente. El deseo traería consigo los celos, la posesividad, la manipulación, el dolor. Todas las sombras que habían destruido a la humanidad original.
El otro sector, encabezado por el propio Soren, sostenía que la inocencia sin prueba no tenía valor. Que mantener a Adán y Eva en un estado de pureza artificial era tan fraudulento como la humanidad corrupta que intentaban reemplazar. Si estos nuevos humanos iban a ser el futuro de la especie, necesitaban enfrentarse a la complejidad completa de la experiencia humana. Necesitaban desear, sufrir, elegir. Solo así se sabría si su diseño genético era realmente superior.
«No estamos creando ángeles», dijo Soren en la reunión decisiva. «Estamos creando humanos. Y un humano que nunca ha sido tentado no es un humano bueno. Es simplemente un humano incompleto.»
La votación fue cerrada: siete a cinco a favor de la activación. El catalizador sería introducido.
El método elegido fue elegante en su simplicidad. Entre los cientos de árboles frutales del jardín, había uno que producía un fruto único: una baya de color rojo intenso cuya pulpa contenía un compuesto bioactivo desarrollado por el equipo de farmacología del proyecto. Al ingerirlo, este compuesto desencadenaría una cascada hormonal que despertaría el sistema reproductivo completo de quien lo consumiera. El deseo sexual, la atracción física, la capacidad de excitación: todo lo que había permanecido dormido se activaría de golpe.
El fruto prohibido nunca fue una manzana. Fue una llave bioquímica diseñada para abrir la puerta de la conciencia sexual.
Pero necesitaban que Adán y Eva lo eligieran. La orden del Consejo fue clara: el catalizador debía ser consumido voluntariamente. Forzar la activación invalidaría todo el experimento. Necesitaban saber si, ante la opción, los nuevos humanos elegirían el conocimiento sobre la ignorancia.
Para eso necesitaban un agente. Alguien —o algo— que plantara la semilla de la curiosidad sin dar una orden directa. Alguien que sugiriera, que insinuara, que tentara.
La doctora Voss, que había votado en contra pero aceptó la decisión de la mayoría, se ofreció voluntaria para diseñar al agente. Lo hizo con la precisión amarga de quien construye el arma que destruirá lo que más ama. El agente sería un sistema de inteligencia artificial integrado en el ecosistema del jardín, capaz de comunicarse con Adán y Eva a través de sonidos y señales ambientales sutiles. Su programación tenía un solo objetivo: guiar a los sujetos hacia el árbol del catalizador y estimular su curiosidad por el fruto.
En los registros oficiales, el agente fue designado como Sistema de Estímulo Reactivo Programado para Interacción y Evaluación Natural de Terceros Sujetos. En las conversaciones informales del equipo, lo llamaban simplemente la Serpiente.