La decisión final
Con el paso del tiempo, su salud se volvió más frágil. La presión constante sobre su cuerpo deformado le provocaba dolor y fatiga. Sin embargo, mantenía una serenidad que desarmaba a quienes lo cuidaban. Había encontrado, dentro de los límites de su condición, un espacio de paz.
Una noche, después de contemplar una de sus maquetas con particular satisfacción, tomó una decisión silenciosa. No fue un acto impulsivo ni desesperado. Fue un gesto profundamente simbólico.
Se acostó.
Sabía el riesgo. Sabía que su anatomía no estaba preparada para esa postura. Pero en ese instante, lo que buscaba no era prolongar la supervivencia, sino experimentar la normalidad, aunque fuera por última vez.
No como fenómeno.
No como paciente.
No como curiosidad.
Sino como hombre.
Su muerte no fue estruendosa. Fue íntima, casi poética. En ese acto final afirmó su humanidad con una claridad que ninguna multitud había logrado comprender del todo.