El ego y sus disfraces invisibles

Capítulo 8 • 27 Feb 2026 1 vistas 3 min

El ego no es algo que puedas ver físicamente. No tiene forma ni rostro. Sin embargo, dirige gran parte del comportamiento humano.

El ego es una identidad construida por la mente.

Es la imagen mental que tienes de ti mismo: tu historia, tus logros, tus fracasos, tus opiniones, tus etiquetas. “Soy esto”. “No soy aquello”. “Me hicieron esto”. “Yo logré aquello”.

No hay nada incorrecto en tener una historia. El problema surge cuando crees que esa historia es quien eres.

El ego necesita definición constante. Vive comparándose, defendiendo posiciones, buscando validación. Se fortalece a través del conflicto.

Puede manifestarse como superioridad: sentirse mejor que otros.
O como inferioridad: sentirse menos que otros.

Ambas son expresiones del mismo mecanismo.

El ego también se disfraza de víctima. Cuando te identificas completamente con una herida pasada y la conviertes en el centro de tu identidad, el ego se fortalece. No porque el dolor no sea real, sino porque se vuelve una narrativa repetitiva que define quién crees que eres.

El ego vive del tiempo psicológico.
Se alimenta del pasado y del futuro.

En el pasado encuentra identidad.
En el futuro busca completarse.

Pero en el ahora, el ego se debilita.

Por eso muchas personas se sienten incómodas en el silencio. Sin historia mental, sin comparación, sin narrativa, el ego pierde sustancia.

Observa una discusión. Dos personas no solo intercambian palabras; intercambian identidades. Cada una defiende su versión de la realidad porque cree que su identidad depende de tener razón.

Pero tener razón no es lo mismo que estar en paz.

El ego necesita ganar.
La conciencia necesita comprender.

Uno de los disfraces más sutiles del ego es el deseo de reconocimiento espiritual. Incluso la idea de “soy más consciente que otros” es una forma refinada de identificación.

El ego puede apropiarse de cualquier cosa: religión, éxito, fracaso, humildad. Puede decir “no tengo ego” y aun así estar actuando desde él.

Entonces, ¿cómo reconocerlo?

Observa tus reacciones.

Cada vez que sientas la necesidad urgente de defenderte, de demostrar algo, de compararte, de sentirte especial o insignificante, probablemente el ego esté activo.

No necesitas eliminarlo. Solo observarlo.

Cuando el ego es observado, pierde fuerza.

El problema no es que el ego exista, sino que sea inconsciente.

El ego también crea separación. Divide el mundo en “yo” y “los otros”. Desde esa división surgen conflictos, competencia excesiva y miedo.

Pero cuando entras en contacto con la presencia, la separación se reduce. Comienzas a percibir una conexión más profunda con los demás. No solo como individuos separados, sino como expresiones de la misma conciencia.

Esto no es una creencia espiritual abstracta. Es una experiencia directa que surge cuando la mente se aquieta.

El ego teme perder control. Por eso se resiste al presente. Siempre busca el siguiente problema, el siguiente logro, la siguiente amenaza.

Pero cuando lo observas sin identificarte, algo sorprendente ocurre: descubres que puedes funcionar perfectamente sin esa tensión constante.

Puedes trabajar sin que tu identidad dependa del éxito.
Puedes relacionarte sin que tu valor dependa de la aprobación.
Puedes equivocarte sin que tu identidad se derrumbe.

La libertad no consiste en destruir el ego, sino en dejar de confundirlo con tu esencia.

El ego es una función mental.
Tu esencia es conciencia.

Cuando esto se vuelve claro, la vida cambia de calidad. No necesariamente cambian las circunstancias externas, pero cambia la forma en que las experimentas.

Dejas de reaccionar desde la defensa constante. Actúas desde claridad.

El ego seguirá apareciendo. Es parte de la estructura psicológica humana. Pero ya no gobierna automáticamente.

Lo ves.

Y al verlo, ya no te domina.

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