Temido o amado: una elección inevitable
Maquiavelo llega aquí al punto más incómodo del libro.
Todo gobernante desea ser amado. Pocos entienden el precio de depender de ese amor. El afecto del pueblo es volátil: cambia con el hambre, con el miedo, con la promesa de algo mejor. El temor, en cambio, es más estable si se administra con inteligencia.
Maquiavelo no dice que el príncipe deba ser cruel por placer. Dice algo más frío: si debe elegir, es más seguro ser temido que amado.
El amor se rompe con facilidad.
El temor, cuando no es abusivo, perdura.
El error fatal es confundir temor con odio. Un príncipe odiado está perdido. Pero uno temido, que no humilla innecesariamente ni toca la propiedad o la dignidad básica de su pueblo, puede gobernar con estabilidad. El miedo ordena. El odio incendia.
Aquí aparece una regla precisa:
la crueldad, si es necesaria, debe ser rápida, limitada y justificada.
Castigos constantes debilitan la autoridad. Castigos claros y ejemplares la fortalecen. El príncipe eficaz entiende que la firmeza temprana evita la violencia prolongada.
Este capítulo revela la visión más realista —y más polémica— de Maquiavelo: la política no es un espacio moral puro. Es un equilibrio entre control y consentimiento. Y cuando ese equilibrio se rompe, el poder cae.
Maquiavelo no enseña a ser inhumano.
Enseña a no ser ingenuo.
Porque un gobernante que confía solo en el amor del pueblo,
cuando ese amor desaparece,
no tiene nada con qué sostenerse.