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Capítulo 2

El niño que quería entender la muerte

10 Abr 2026 2 vistas 4 min

Ciudad de México, 1958. Un hospital de la capital. Un niño de doce años está sentado frente a una cama y mira a su madre. El tumor cerebral que le diagnosticaron meses atrás ha avanzado hasta el punto en que ella ya no lo reconoce. Su mente, ese lugar invisible donde vivía la persona que él amaba, se está apagando lentamente mientras su cuerpo todavía respira, todavía existe, todavía ocupa espacio en el mundo.
Jacobo Grinberg-Zylberbaum mira a su madre y se hace la pregunta que va a definir los siguientes cuarenta años de su vida: ¿Qué es la mente? ¿Dónde vive? ¿Adónde va cuando el cerebro falla? No son preguntas filosóficas abstractas para un niño de doce años. Son preguntas físicas, urgentes, personales. Su madre se está muriendo y nadie puede explicarle por qué el órgano más complejo del universo conocido puede destruirse desde adentro mientras todo lo demás permanece intacto.
Esa tarde en el hospital, sin saberlo, Jacobo Grinberg tomó la decisión que lo convertiría en uno de los científicos más brillantes, más polémicos y más misteriosos que produjo México en el siglo XX.
Una familia entre dos mundos
Jacobo Grinberg-Zylberbaum nació el 12 de diciembre de 1946 en Ciudad de México. Su familia era de ascendencia judía polaca, parte de la oleada de inmigrantes europeos que llegaron a México huyendo primero de los pogromos del este de Europa y luego del nazismo. El apellido compuesto, Grinberg de la rama paterna y Zylberbaum de la materna, cargaba en cada sílaba la historia de una familia que había cruzado un océano buscando tierra firme.
Su padre era comerciante, pragmático, anclado en la realidad concreta de los negocios y la supervivencia. Su madre era otra cosa: lectora voraz, curiosa, sensible a las preguntas que no tienen respuesta fácil. Cuando ella murió, Jacobo perdió algo más que una madre. Perdió a la primera persona que le enseñó que las preguntas importan más que las respuestas y que el mundo visible no es todo lo que existe.
Creció en colonias de clase media de la Ciudad de México de los años cincuenta, en una ciudad que todavía cabía en la memoria de sus habitantes, antes de convertirse en el monstruo de concreto y smog que sería décadas después. Desde niño fue un lector compulsivo: filosofía, ciencias, literatura, cualquier libro que cayera en sus manos. Sus maestros lo describían como brillante e impaciente, alguien que aprendía más rápido de lo que el aula podía enseñar.
La decisión a los doce años
Hay momentos en la vida de ciertas personas donde el destino se fija con una precisión que solo se comprende en retrospectiva. Para Grinberg fue ese hospital, esa cama, esa madre que ya no estaba del todo aunque todavía respirara. Decidió que estudiaría la mente humana. No de forma vaga o romántica, sino de forma científica, rigurosa, sin concesiones. Quería saber exactamente cómo funciona el cerebro, dónde vive la conciencia y por qué el amor de su madre podía desaparecer mientras su cuerpo seguía presente.
No era una decisión ordinaria para un niño de doce años en México en 1958. La neurociencia como disciplina moderna apenas existía. La psicología era considerada una ciencia menor por los médicos tradicionales. Y el interés por los fenómenos de la conciencia que vendría después era directamente territorio de charlatanes y locos según el establishment académico. Jacobo Grinberg no tenía miedo de ninguna de esas tres cosas. Nunca lo tendría.
'Decidí estudiar la mente humana cuando tenía doce años, después de que mi madre muriera. Fue entonces cuando entendí que la pregunta más importante que puede hacerse un ser humano no es sobre Dios ni sobre el universo. Es sobre su propia mente, sobre esa experiencia que todos tenemos y que nadie puede explicar del todo.' — Jacobo Grinberg, entrevista de los años 80.

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