Capítulo 4
La UNAM y el despertar científico
De regreso en Ciudad de México, Jacobo Grinberg se matriculó en la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México. Era finales de los años sesenta, y la UNAM era el lugar más vivo y más tenso del país. La masacre de Tlatelolco de 1968 había ocurrido apenas unos años antes, dejando una herida abierta en la relación entre los estudiantes mexicanos y el Estado. Los pasillos de la universidad estaban cargados de política, de teoría crítica, de la sensación de que el mundo podía y debía ser diferente.
En ese ambiente de ebullición intelectual, Grinberg estudiaba psicología con un foco que ya desde entonces lo separaba de la mayoría de sus compañeros. Mientras muchos se orientaban hacia la psicología social, la clínica o el marxismo aplicado a las ciencias del comportamiento, él se concentraba en lo que ocurría dentro del cráneo. No el comportamiento observable, no las relaciones sociales, no los condicionamientos culturales: la experiencia subjetiva, la conciencia, el punto donde la biología se convierte en vivencia.
El conductismo y sus límites
La psicología dominante en la UNAM de esa época era el conductismo: la escuela que afirmaba que la ciencia del comportamiento debía limitarse a estudiar lo observable y medible, y que el interior de la mente era irrelevante o inaccesible. El conductismo había producido resultados sólidos en el estudio del aprendizaje, el condicionamiento y la modificación del comportamiento. Pero para Grinberg era fundamentalmente incompleto.
¿Cómo puede ser ciencia algo que deliberadamente excluye la mitad de la realidad que pretende estudiar? ¿Cómo puede la psicología explicar el dolor, el amor, la creación artística, la experiencia mística, la sensación de ser uno mismo, si descarta de entrada la subjetividad como dato científico? Para Grinberg estas no eran preguntas retóricas. Eran el núcleo de lo que quería investigar.
Los primeros maestros
En la UNAM encontró algunos profesores que, como él, miraban más allá del conductismo dominante. Aprendió los fundamentos de la neurofisiología, la psicofísica y los métodos de registro electrofisiológico del cerebro, técnicas que permitían medir la actividad eléctrica del sistema nervioso de formas cada vez más precisas. Y aprendió a diseñar experimentos rigurosos, a pensar en términos de hipótesis verificables, a construir argumentos que podían ser atacados y defendidos con datos.
Ese rigor metodológico, que mantuvo durante toda su carrera incluso cuando sus objetos de estudio se alejaban radicalmente de lo convencional, sería su escudo y su credencial. No era un especulador. Era un científico que hacía preguntas especulativas con herramientas rigurosas. Esa diferencia, sutil pero crucial, es lo que le permitió mantenerse en la academia durante décadas a pesar de sus investigaciones heterodoxas.
La ciudad como laboratorio
La Ciudad de México de los años sesenta y setenta era también, de formas más informales, un laboratorio. Grinberg la recorría con una curiosidad insaciable. Las tradiciones espirituales de México, la medicina tradicional indígena, las prácticas de curanderos y chamanes que convivían con la modernidad urbana en mercados y barrios populares, todo eso era parte del paisaje que absorbía mientras completaba su formación académica.
No lo sabía todavía, pero estaba preparando su mente para un encuentro que cambiaría todo.
Dato: Grinberg completó su licenciatura en Psicología en la UNAM y luego su maestría en el New York Medical College. Su doctorado en Ciencias lo obtuvo de vuelta en la Facultad de Ciencias de la propia UNAM, completando así una formación que combinaba lo mejor de ambos contextos académicos.