Capítulo 5
Nueva York y el cerebro eléctrico
En 1970, con veinticuatro años y su licenciatura terminada, Jacobo Grinberg viajó a Nueva York para continuar su formación en el Brain Research Institute, el Instituto de Investigación Cerebral. Era el lugar correcto en el momento correcto. Nueva York en 1970 era el centro mundial de la investigación en neurociencias: los laboratorios de Columbia, de NYU, del Einstein College of Medicine y del propio Brain Research Institute estaban produciendo los descubrimientos fundamentales que definirían décadas de investigación posterior.
Para Grinberg fue una inmersión total. Aprendió a usar el electroencefalógrafo con la precisión de un músico aprendiendo a afinar un instrumento delicado. Diseñó protocolos de registro de la actividad eléctrica cerebral durante diferentes estados mentales. Aprendió a leer los patrones de ondas que el cerebro produce al pensar, al percibir, al recordar, al soñar. Aprendió que el pensamiento no es una abstracción sino un fenómeno físico medible, que deja rastros eléctricos en el cuero cabelludo que los instrumentos pueden capturar.
El doctorado sobre geometría y percepción
Su tesis doctoral exploró los efectos electrofisiológicos de los estímulos geométricos en el cerebro humano. Era una pregunta técnica y precisa: ¿cómo responde el sistema nervioso central cuando se le presentan diferentes formas visuales? ¿Los triángulos producen patrones de activación diferentes a los círculos? ¿El cerebro tiene zonas especializadas para la geometría?
Era trabajo riguroso, medible, publicable en revistas de primer nivel. Pero detrás de la pregunta técnica vivía la pregunta filosófica que Grinberg no dejaba de hacerse: ¿Dónde está la imagen que 'vemos'? El triángulo que observo no está en mis ojos, que solo registran luz. No está en mi nervio óptico, que solo transmite señales eléctricas. No está en mi córtex visual, que solo procesa patrones de activación neuronal. ¿Entonces dónde está? ¿Qué es exactamente esa experiencia de ver una forma geométrica?
Esta pregunta, que parece simple y que los neurocientíficos convencionales tienden a responder con un 'el cerebro la construye' sin explicar qué significa exactamente eso, se convertiría en el motor de toda su carrera posterior.
La ciudad que lo formó
Nueva York también lo formó de formas que iban más allá del laboratorio. Era una ciudad en convulsión: el movimiento por los derechos civiles, las protestas contra Vietnam, el feminismo de segunda ola, la contracultura, el budismo zen llegando a Occidente con una fuerza nunca vista. Grinberg absorbía todo.
Conoció investigadores que, como él, comenzaban a explorar los estados alterados de conciencia con rigor científico: los estudios de meditación de Herbert Benson en Harvard, los experimentos de biofeedback de Elmer Green en la Menninger Foundation, los primeros trabajos sobre sueños lúcidos de Keith Hearne. Era un momento en que los límites de la neurociencia convencional se estaban empujando desde múltiples direcciones.
Grinberg tomó de todo eso lo que necesitaba y lo guardó. Volvería a usarlo en México, de formas que nadie anticipaba.
'En Nueva York aprendí que el cerebro no es solo una máquina. Es también un instrumento de percepción cuya afinación determina qué versión de la realidad es capaz de captar. Y hay cerebros mejor afinados que otros.' — Jacobo Grinberg, en una conferencia de los años 80 en la UNAM.