Capítulo 7
Pachita: el milagro que lo cambió todo
Su nombre era Bárbara Guerrero. Tenía más de setenta años cuando Jacobo Grinberg la encontró. Había nacido en 1900 en algún lugar de la sierra mexicana, hija de campesinos sin educación formal. La llamaban Pachita. Y lo que hacía con sus manos, ante testigos, en cuartos apenas iluminados con velas, era imposible según cualquier manual de medicina conocido.
Pachita era curandera y médium. Cuando entraba en trance, decía canalizar el espíritu del guerrero azteca Cuauhtémoc, a quien llamaba Hermano. En ese estado realizaba lo que sus seguidores describían como cirugías psíquicas: abría el cuerpo del paciente con un cuchillo de monte sin anestesia, extraía el órgano enfermo, colocaba uno sano, cerraba la herida pasando la mano sobre ella, y el paciente sanaba. Sin instrumentos esterilizados. Sin sangrado incontrolable. Sin infecciones postoperatorias. Sin cicatrices en muchos casos.
Los informes llegaban de escritores, políticos, médicos, gente de todas las clases sociales que había presenciado sus operaciones o que había sido curada por ella. Pachita nunca cobró por sus servicios. Era absolutamente selectiva sobre quién podía observar su trabajo. Y era, para la medicina convencional, una imposibilidad viviente.
El científico que decidió mirar
La mayoría de los científicos descartaban a Pachita sin haberla visto. Bastaba el relato para concluir que era fraude, autosugestión de los pacientes o alucinación colectiva. Grinberg decidió ir a verla. No como creyente sino como investigador: con la disposición a observar con precisión y sin concluir antes de tener datos.
Lo que vio durante el año aproximado que pasó siguiendo sus procedimientos lo dejó, según sus propias palabras, sin los marcos conceptuales necesarios para describirlo. Buscó activamente el fraude. Revisó la iluminación, examinó las condiciones físicas del espacio, entrevistó a pacientes antes y después de las operaciones, buscó trucos de prestidigitación, mecanismos ocultos, cómplices. No encontró nada de eso. Lo que encontró fue consistente y perturbador: algo estaba pasando que sus instrumentos y sus categorías conceptuales no podían capturar.
Las operaciones que vio
Grinberg documentó operaciones en las que Pachita extraía órganos visibles, los reemplazaba y cerraba la herida con la palma de su mano. Vio cirugías de cataratas realizadas con un cuchillo de monte y recuperaciones completas en días. Vio casos de cáncer avanzado que remitían. Vio una curación de ceguera parcial. Vio, en algunas ocasiones, a Pachita alterar el entorno físico de formas que no tenían explicación: cambios de temperatura repentinos en espacios cerrados, olores que aparecían y desaparecían sin fuente identificable.
También documentó los fracasos. No todos los pacientes sanaban. Algunos mejoraban parcialmente. Algunos no cambiaban. Pachita nunca prometió resultados y nunca explicó por qué funcionaba para unos y no para otros. Su respuesta habitual era que dependía de la disposición interna del paciente, de su capacidad de abrirse a la curación.
La crisis de marcos conceptuales
Lo que la experiencia con Pachita hizo en Grinberg fue preciso y doloroso: reveló que los marcos conceptuales con los que había sido formado eran insuficientes. No incorrectos, insuficientes. La neurociencia convencional podía explicar perfectamente por qué Pachita no debería poder hacer lo que hacía. Lo que no podía explicar era por qué, a pesar de eso, lo hacía.
Grinberg se encontró frente a una situación clásica en la historia de la ciencia: datos que no caben en el modelo existente. La respuesta convencional es descartar los datos. La respuesta científicamente honesta es revisar el modelo. Grinberg eligió la segunda opción, sabiendo perfectamente lo que le costaría.
Grinberg describió las operaciones de Pachita en detalle en su libro y concluyó: 'Lo que presencié no tiene explicación dentro de los marcos conceptuales actuales de la ciencia. Esto no significa que sea sobrenatural. Significa que necesitamos nuevos marcos conceptuales.' Era la declaración de guerra académica más educada de la historia de la neurociencia mexicana.