Capítulo 8
El libro maldito: publicar lo imposible
En 1977, dos años después de comenzar a publicar su obra científica convencional, Jacobo Grinberg publicó Pachita. El título era directo y el contenido, para los estándares de la academia mexicana de la época, equivalía a un suicidio profesional calculado.
El libro documentaba con detalle sus observaciones durante el año que pasó con la curandera. Describía las operaciones que había presenciado, incluía testimonios de pacientes, analizaba los posibles mecanismos desde la perspectiva de la neurociencia y la física cuántica disponibles en ese momento, y llegaba a una conclusión que hacía temblar los cimientos del edificio científico convencional: lo que Pachita hacía era real, no era fraude, y no tenía explicación dentro del paradigma científico vigente.
El escándalo académico
La reacción fue la esperada. Los colegas de la UNAM reaccionaron con horror, condescendencia o silencio. Que un neurofisiólogo con doctorado y publicaciones en revistas internacionales dedicara un libro a validar las prácticas de una curandera era, para muchos, la evidencia de que algo había salido terriblemente mal en la mente de Grinberg.
Las críticas fueron de varios tipos. Las más benévolas argumentaban que se había dejado engañar por los trucos de una charlatana hábil, que la oscuridad de las sesiones impedía la observación objetiva, que los testimonios de los pacientes eran producto de la sugestionabilidad. Las más duras decían directamente que había perdido el rigor científico, que había confundido sus deseos con sus observaciones, que había sacrificado su carrera a una obsesión mística.
Ninguna de estas críticas respondía a la pregunta central que Grinberg planteaba: ¿Han visto ustedes lo que yo vi? La respuesta, casi siempre, era no. Y desde esa posición de no-observación, los críticos descartaban lo que Grinberg había documentado después de un año de observación directa y sistemática.
Los que lo defendieron
No todos lo atacaron. Algunos colegas, incluyendo investigadores de otras universidades y algunos físicos que habían leído sus argumentos con más cuidado, encontraron que su posición era al menos científicamente honesta. La pregunta sobre si la realidad física puede ser modificada por la conciencia no era exclusiva de Grinberg: era una pregunta que la mecánica cuántica había introducido de contrabando en el corazón de la física moderna desde los años veinte.
Erwin Schrödinger, uno de los fundadores de la mecánica cuántica, había escrito que la conciencia del observador no puede ser excluida del mundo físico que observa. David Bohm había propuesto su teoría del 'orden implicado', en la que el universo observable es una proyección de una realidad más profunda e interconectada. Grinberg citaba a estos físicos, no para apropiarse de su autoridad sino para argumentar que las preguntas que Pachita planteaba no eran más absurdas que las que la física cuántica ya había hecho legítimas.
La decisión de no disculparse
Lo más revelador del episodio no fue el escándalo sino la respuesta de Grinberg. No se disculpó. No recalibró su posición hacia la convención. No produjo un artículo aclaratorio que suavizara las implicaciones del libro. Respondió con más investigación: se fue a buscar a los chamanes de México, comprometido ahora con una agenda científica que otros llamaban locura y él llamaba el trabajo más importante de su vida.
Esa decisión de no ceder ante la presión institucional, de seguir el argumento adonde lo llevara sin importar el costo reputacional, es una de las características más admirables y más estudiadas de su trayectoria. Era, también, una de las más peligrosas.
Dato: Pachita murió en 1979, dos años después de que Grinberg publicara el libro sobre ella. Nunca supo que ese libro generaría décadas de debate científico y filosófico sobre la naturaleza de la conciencia y sus capacidades.