Capítulo 9

Los chamanes de México: ciencia en el monte

10 Abr 2026 4 vistas 4 min

Si Pachita le había mostrado que algo extraordinario era posible, los chamanes de México le mostrarían que no era un fenómeno aislado. Era un sistema. Una tradición. Un conocimiento acumulado durante milenios sobre la naturaleza de la conciencia y su relación con la realidad que la academia occidental había ignorado sistemáticamente.
A partir de finales de los años setenta y durante toda la siguiente década, Grinberg recorrió México de norte a sur siguiendo a los chamanes. No como turista espiritual ni como creyente, sino como científico de campo: con cuadernos de notas, grabadoras, a veces con instrumentos de medición, siempre con el objetivo de documentar lo que veía con la mayor precisión posible.
Los chamanes y sus mundos
Visitó comunidades mazatecas en Oaxaca, donde la tradición de las ceremonias con hongos psilocibinos había sido llevada al conocimiento occidental por Gordon Wasson en los años cincuenta, pero que Grinberg abordó desde una perspectiva completamente diferente: no como farmacología sino como tecnología de la conciencia. Visitó comunidades yaquis en Sonora, cuya tradición chamánica había sido popularizada pero también distorsionada por Carlos Castaneda. Estudió a curanderos de Catemaco en Veracruz, a chamanes huicholes en Nayarit, a hechiceros maya en Yucatán.
En cada caso buscaba lo mismo: ¿Qué está pasando exactamente en el sistema nervioso de este ser humano cuando entra en el estado que llama trance? ¿Qué mecanismos neurológicos podían explicar las capacidades que estos practicantes demostraban? ¿Y qué podían enseñarle esas capacidades sobre el funcionamiento del cerebro en sus condiciones más extremas?
Panchito y la conciencia sin intermediarios
Entre todos los chamanes que estudió, el que más lo impresionó fue un chamán maya conocido como Panchito. Lo que Grinberg observó en él y describió en sus libros era una capacidad de interactuar con la realidad de forma directa, sin los pasos intermedios que normalmente mediatizan la experiencia humana.
En el modelo que Grinberg estaba construyendo, la mayoría de los seres humanos percibimos la realidad a través de un proceso de filtrado y construcción que realiza el cerebro. Vemos un árbol y nuestro cerebro ensambla esa experiencia a partir de datos sensoriales crudos, memorias previas, categorías conceptuales aprendidas. El resultado es una experiencia estable y coherente del mundo, pero es una construcción, no la realidad directa.
Los chamanes, en su interpretación, habían aprendido a reducir o eliminar ese proceso de filtrado, accediendo a lo que él llamaría después la 'lattice', el campo de energía fundamental que subyace a la experiencia construida. En ese acceso directo residía su capacidad de hacer cosas que el cerebro ordinario, filtrado y construido, no podía hacer.
Siete volúmenes, una vida de campo
El resultado de una década de trabajo de campo fue la serie Los chamanes de México, siete volúmenes publicados entre 1987 y 1990 a través del INPEC. Los títulos hablan de la amplitud del proyecto: psicología autóctona mexicana, misticismo indígena, Pachita, la cosmovisión de los chamanes, el cerebro y los chamanes, la voz del ver, el doble.
Son trabajos de documentación rigurosa que intentan construir un puente entre las prácticas chamánicas mexicanas y los conceptos de la neurociencia moderna. No son relatos entusiastas de experiencias espirituales sino análisis cuidadosos de lo que observó, con la honestidad de reconocer cuando los datos no encajaban en ningún marco explicativo disponible.
El hombre entre dos mundos
El trabajo con los chamanes profundizó la posición incómoda que Pachita ya había creado para Grinberg. Su hermano David lo resumió años después con una frase perfecta: 'Para los científicos era un chamán. Para los chamanes era un científico. Estaba entre dos mundos, y eso fue muy difícil para Jacobo.'
Era un hombre que no pertenecía completamente a ningún grupo. Era admirado por muchos y plenamente comprendido por muy pocos. Y esa soledad intelectual, esa posición en el umbral entre dos tradiciones que se ignoraban mutuamente, sería al mismo tiempo su mayor fortaleza y su mayor vulnerabilidad.
'Jacobo era alguien que no tenía miedo. No tenía miedo de los chamanes, no tenía miedo de la academia, no tenía miedo de parecer loco. Y en ciencia, eso es rarísimo y peligroso al mismo tiempo.' — Ruth Cerezo, ex colaboradora de Grinberg, en entrevista para Infobae México.

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