El Yermo: un mundo que se negó a morir
Cuando el polvo radiactivo se asentó, el mundo no quedó vacío.
Quedó roto.
La superficie de la Tierra se transformó en el Yermo: ciudades convertidas en esqueletos de concreto, carreteras enterradas en arena y metal retorcido, y un silencio que solo se rompía con el viento y los ecos del pasado. No era el fin de la vida, pero sí el fin de la civilización tal como se conocía.
La radiación no solo mató.
Cambió.
Humanos expuestos se transformaron en criaturas nuevas: algunos monstruosas, otros simplemente diferentes. Animales mutaron en depredadores imposibles. Plantas crecieron en entornos donde nada debía sobrevivir. La naturaleza, aunque herida, siguió adelante… sin pedir permiso.
Los supervivientes que no entraron en Vaults tuvieron que adaptarse o morir. Aprendieron a comerciar con chatarra, a beber agua contaminada, a defenderse con armas improvisadas. El pasado se convirtió en reliquia. El futuro, en una lucha diaria.
Aquí nace una idea clave de Fallout:
el mundo no se reconstruye, se reinventa.
No hay gobiernos fuertes ni leyes universales. Hay comunidades pequeñas, alianzas frágiles y violencia constante. Cada asentamiento es un experimento de supervivencia. Cada persona, una decisión entre humanidad o brutalidad.
El Yermo no es solo un escenario.
Es un personaje.
Un recordatorio permanente de lo que ocurre cuando la ambición humana supera sus límites. Un mundo que castiga, pero también prueba. Que destruye, pero permite que algo nuevo emerja.
Porque en Fallout,
aunque el mundo murió en 2077,
la historia siguió caminando…
entre ruinas, radiación y decisiones imposibles. ☢️