Mutantes, ghouls y el nuevo rostro humano
La radiación no solo destruyó cuerpos.
Redefinió lo que significaba ser humano.
En el Yermo de Fallout, la línea entre humanidad y monstruosidad se volvió borrosa. Algunos sobrevivientes, expuestos a niveles extremos de radiación, se transformaron en ghouls: seres de piel quemada, apariencia cadavérica y longevidad antinatural. Muchos conservaron su mente. Otros la perdieron lentamente, volviéndose salvajes.
Los ghouls no eligieron su destino.
El mundo los convirtió en parias.
Aún más perturbadores fueron los supermutantes. Criaturas enormes, violentas y casi inmortales, creadas por el uso del Virus de Evolución Forzada (FEV). No fueron accidentes. Fueron el resultado de experimentos militares y científicos que buscaban crear soldados perfectos.
La ironía es brutal:
en un mundo destruido por la guerra, la humanidad siguió intentando mejorar al ser humano.
Estos nuevos seres revelan uno de los temas más profundos de Fallout: la obsesión por controlar la evolución. La radiación y la ciencia empujaron a la especie por caminos que nadie pudo detener. El resultado fue un mosaico de identidades rotas, temidas y rechazadas.
Este capítulo no habla solo de monstruos. Habla de exclusión. De miedo a lo diferente. De cómo el desastre no eliminó el prejuicio, sino que lo intensificó.
En el Yermo, la pregunta ya no es quién es humano.
Es quién merece ser tratado como tal.
Porque en Fallout,
la mutación no siempre está en el cuerpo…
a veces está en la forma de mirar al otro. 🧬