El control del pasado
En Fallout, el pasado nunca murió.
Fue almacenado.
Edificios congelados en el tiempo, computadoras que aún repiten órdenes de hace siglos, mensajes grabados justo antes del impacto nuclear. El mundo quedó atrapado en una nostalgia forzada, como si la civilización se negara a aceptar su final.
Las viejas propagandas siguen sonriendo desde carteles oxidados. Las canciones optimistas aún suenan en radios rotas. Todo recuerda una era que prometía felicidad eterna… y terminó en cenizas.
Este control del pasado no es casual.
Es una herencia peligrosa.
Las generaciones nacidas después de la guerra crecieron entre ruinas glorificadas. Para muchos, el “viejo mundo” se convirtió en un mito: poderoso, perfecto, digno de ser restaurado. Pero ese mismo mundo fue el que llevó a la destrucción total.
Aquí aparece una pregunta central del universo Fallout:
¿vale la pena reconstruir lo que ya fracasó?
Algunas facciones intentan revivir gobiernos, banderas y estructuras antiguas, creyendo que el problema fue la guerra y no el sistema. Otras prefieren borrar el pasado por completo y empezar desde cero, aun si eso significa perder siglos de conocimiento.
El Yermo vive atrapado entre memoria y olvido.
Este capítulo muestra que el mayor peligro no es la radiación ni los mutantes, sino la idealización del pasado. Cuando una sociedad se aferra a lo que fue sin cuestionarlo, corre el riesgo de repetir exactamente los mismos errores.
Porque en Fallout,
el mundo no necesita recordar más…
necesita aprender.