Infancia en el infierno

Capítulo 1 • 20 Ene 2026 15 vistas 2 min

David no recuerda su infancia como un lugar seguro. La recuerda como una jaula.

Su padre no era solo una figura de autoridad: era miedo puro. Un hombre violento, impredecible, que gobernaba el hogar con golpes, gritos y humillaciones. Cada día era una ruleta rusa emocional. David aprendió muy pronto que el silencio era protección y que el error se pagaba caro. No había espacio para ser niño, solo para sobrevivir.

Mientras otros niños pensaban en juegos, él pensaba en cómo no provocar ira. El hogar, que debía ser refugio, era el primer campo de batalla. La violencia no era ocasional, era rutina. Y cuando el cuerpo no sangraba, lo hacía la mente.

Ese entorno lo fue quebrando por dentro. El miedo constante se convirtió en inseguridad. La inseguridad en odio propio. Y el odio propio en una voz interna que le repetía que no valía nada.

Con el tiempo, su familia logra escapar de ese infierno físico… pero no del psicológico. El padre queda atrás, pero su sombra no. David arrastra traumas, dificultades de aprendizaje, problemas para concentrarse y una sensación permanente de inferioridad. En la escuela se siente estúpido. En la vida, invisible.

Empieza a refugiarse en la comida. Comer se vuelve anestesia emocional. Cada bocado es una pausa al dolor, una forma de llenar el vacío. Sin darse cuenta, el niño asustado comienza a desaparecer detrás de un cuerpo obeso y una autoestima destruida.

A esa edad, David no sabe palabras como resiliencia o disciplina. Solo sabe que algo dentro de él está roto. Y acepta, casi sin cuestionarlo, que esa será su identidad: el niño dañado, el que no sirve, el que no puede.

Pero aquí ocurre algo clave —aunque todavía invisible—:
el dolor no lo destruye del todo. Se queda. Se acumula. Espera.

Este capítulo no es el origen de su fuerza.
Es el origen de su rabia silenciosa.
Y esa rabia, años después, será el combustible que cambiará su vida.

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