El enemigo interior

Capítulo 2 • 20 Ene 2026 13 vistas 2 min

El infierno de la infancia había quedado atrás, pero David no era libre.
Solo había cambiado de prisión.

Ya no estaba su padre. No había gritos ni golpes. Sin embargo, la voz seguía ahí. Una voz más silenciosa, más peligrosa. La que vive dentro de la cabeza y no se puede escapar cerrando una puerta.

David crece cargando una identidad que no eligió: el niño roto. En la escuela se siente torpe, lento, diferente. Los profesores no esperan nada de él, y con el tiempo, él tampoco. Cada error confirma lo que ya cree: no soy suficiente.

La inseguridad se convierte en hábito. Evita los desafíos porque fallar duele menos cuando ni siquiera lo intentas. Su mundo se vuelve pequeño, cómodo y triste. La comida sigue siendo refugio. Comer no es hambre: es consuelo, es silencio, es olvido.

Los años pasan y el cuerpo refleja la mente. David llega a pesar más de 130 kilos. No se reconoce en el espejo. Se odia, pero no hace nada. Porque el verdadero problema no es el peso: es la resignación.

Empieza a trabajar en empleos sin sentido, sin ambición, sin rumbo. No porque no sueñe, sino porque no cree merecer algo más. Su mente se ha convertido en su peor carcelero. Nadie lo empuja hacia abajo; él mismo se mantiene ahí.

El punto más duro no es el fracaso, es la aceptación del fracaso como destino.

Hasta que un día, algo cambia.

No es una revelación espiritual ni una charla motivacional. Es una confrontación brutal. David se ve a sí mismo desde afuera y no le gusta lo que ve. Por primera vez no siente pena, siente rabia. Una rabia distinta: dirigida hacia adentro.

Se hace una pregunta incómoda:

¿Y si el problema no fue mi pasado… sino que nunca luché contra él?

En ese instante nace el verdadero enemigo.
No su padre.
No la pobreza.
No la escuela.

Sino la versión de sí mismo que eligió rendirse.

Este capítulo marca el momento más importante del libro:
cuando David entiende que el dolor no lo define, pero la falta de acción sí.

Aún no hay disciplina.
Aún no hay transformación.

Pero por primera vez, deja de verse como víctima
y empieza a verse como responsable.

Y eso cambia todo.

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