Después de la inundación
La lluvia no había sido amable con Derry ese año. Durante días enteros, el cielo descargó su furia sobre el pueblo, hinchando los ríos, desbordando las alcantarillas y dejando las calles cubiertas de agua sucia y ramas rotas. Para muchos, la tormenta fue solo una molestia más. Para otros, fue el inicio de algo que nadie lograría olvidar del todo.
Georgie salió de su casa con un barco de papel recién doblado entre las manos. Lo había hecho su hermano mayor, con cuidado, prometiéndole que navegaría como un verdadero barco. Georgie no pensaba en el frío ni en la lluvia que aún caía débilmente; solo quería ver cómo su pequeño navío avanzaba por las corrientes de agua que cruzaban la calle.
El barco se deslizó con gracia, girando entre hojas y barro. Georgie lo siguió, riendo, hasta que el papel fue arrastrado hacia una alcantarilla abierta. Se inclinó para mirar dentro. Desde la oscuridad, algo lo observaba.
Una voz surgió desde abajo: amable, casi divertida. Una figura apareció entre las sombras, con una sonrisa exagerada y ojos brillantes. Parecía inofensivo, incluso gracioso. Georgie sintió miedo, pero también curiosidad. El desconocido habló de circo, de globos, de cosas que hacían felices a los niños. Derry siempre había tenido secretos, pero este parecía uno más… hasta que dejó de serlo.
El encuentro fue breve. Demasiado breve. Y cuando terminó, la calle volvió a quedar en silencio, con la lluvia arrastrando lentamente el color rojo que se mezclaba con el agua.
Ese día, Derry perdió algo más que a un niño. El pueblo, sin saberlo, despertó a un recuerdo antiguo, enterrado bajo capas de tiempo, violencia y olvido. Algo que no se había ido nunca del todo.
Porque en Derry, el mal no llega de improviso.
Siempre ha estado ahí. Esperando.