Sombras en Derry
La muerte del niño no fue un hecho aislado, aunque así intentó tratarlo el pueblo. En Derry, la costumbre siempre había sido mirar hacia otro lado, cerrar las cortinas y seguir adelante. Las noticias se comentaban en voz baja, se archivaban rápido y, con el tiempo, se olvidaban.
Pero el miedo no desapareció. Solo cambió de forma.
Mientras los adultos discutían explicaciones racionales, algo más profundo comenzaba a agitarse bajo la superficie del pueblo. Viejas historias, apenas recordadas, regresaban como ecos distorsionados: incendios inexplicables, desapariciones, estallidos de violencia sin motivo claro. Cada cierto número de años, Derry parecía perder el control de sí misma.
En distintos rincones del pueblo, personas comunes vivían momentos extraños. Un adolescente fue atacado brutalmente tras una celebración. Un hombre respetable sintió un impulso oscuro que no pudo detener. La violencia surgía de la nada, como si algo la empujara desde adentro.
Derry no era solo un escenario. Era parte del problema.
El miedo se filtraba en las calles, en las casas, en los silencios incómodos. Nadie hablaba directamente de ello, pero todos lo sentían: el pueblo estaba enfermo, y esa enfermedad llevaba allí mucho más tiempo del que cualquiera podía recordar.
Bajo las alcantarillas, en los túneles húmedos donde el agua corría lenta, algo despertaba con satisfacción. Cada acto de violencia, cada estallido de odio o terror, lo alimentaba. No necesitaba mostrarse todavía. Sabía esperar. Siempre había sabido.
El mal en Derry no gritaba.
Susurraba.
Y mientras el pueblo fingía normalidad, las sombras crecían, preparando el terreno para los niños que pronto descubrirían que el verdadero horror no siempre se esconde…
a veces vive a plena luz del día.