El olvido regresa
Con el paso de los días, algo extraño comenzó a ocurrir. No fue inmediato ni evidente. Simplemente… empezó a desvanecerse. Los recuerdos que habían regresado con tanta fuerza comenzaron a perder nitidez, como fotografías expuestas demasiado tiempo al sol.
Los rostros se volvían borrosos.
Los detalles, confusos.
Las emociones, distantes.
No era un olvido común. No se sentía como una falla de la memoria, sino como una retirada lenta y deliberada. Derry volvía a cerrarse sobre sí misma, borrando las huellas de lo ocurrido, como si el pueblo se negara a cargar con la verdad completa.
Algunos intentaron aferrarse a lo vivido, escribirlo, repetirlo en voz alta. Pero cuanto más lo intentaban, más se escurría entre sus pensamientos. Las palabras ya no encajaban. Los nombres se perdían. Las conexiones se debilitaban.
Comprendieron entonces que el olvido era parte del ciclo.
No una victoria del mal, sino un mecanismo de protección. Recordarlo todo habría sido insoportable. Vivir con esa conciencia permanente habría destruido cualquier posibilidad de una vida normal.
Lo único que no desaparecía era la sensación.
Una certeza profunda de haber compartido algo crucial, algo que los había cambiado para siempre.
Aunque ya no podían recordar cada detalle, sabían que no estaban completos por azar. Que habían enfrentado algo juntos. Que habían sobrevivido.
El miedo se fue.
Pero también se fue la claridad.
El olvido no fue castigo ni derrota.
Fue el precio final de seguir adelante.
Y así, sin darse cuenta del todo, el pasado volvió a dormirse.
Tal vez para siempre.