Epílogo
El tiempo siguió avanzando, indiferente a lo que había ocurrido en Derry. Las vidas continuaron su curso, reconstruidas sobre rutinas nuevas y preocupaciones distintas. Para el mundo, el pueblo era solo un punto más en el mapa. Para quienes se fueron, era un recuerdo incompleto, casi irreal.
Derry cambió. Sin el peso invisible que la había sostenido y corrompido durante generaciones, el lugar perdió importancia, se vació lentamente, como si hubiera cumplido su propósito. Nadie hablaba de tragedias antiguas. Nadie preguntaba demasiado.
El mal ya no estaba allí.
O al menos, no de la forma en que había existido antes.
Los protagonistas siguieron adelante sin comprender del todo por qué ciertos lugares les provocaban incomodidad, o por qué algunas canciones, olores o sonidos despertaban una melancolía inexplicable. No podían recordar lo que habían enfrentado, pero sí el efecto que dejó en ellos.
La amistad que los unió no permaneció en contacto constante, pero tampoco desapareció. Era una conexión silenciosa, profunda, que no necesitaba palabras ni recuerdos precisos para existir.
Algo había terminado.
Algo había sido cerrado.
El horror no fue derrotado con violencia, sino con memoria, unión y sacrificio. Y aunque el mundo jamás conocería esa historia, su impacto persistía en quienes la vivieron.
Porque hay batallas que no quedan registradas en libros.
Solo en la forma en que las personas siguen viviendo.
Y a veces,
eso es suficiente.