El regreso
Muchos años después, lejos de Derry, una llamada telefónica rompe la rutina de quienes juraron no volver jamás. La voz al otro lado es calmada, pero firme. No necesita dar demasiados detalles. Basta una sola frase para despertar recuerdos que habían sido enterrados con esfuerzo.
El mal ha regresado.
Uno a uno, antiguos miembros del grupo reciben la misma noticia. Cada llamada provoca una reacción distinta: negación, ira, miedo, incredulidad. Algunos cuelgan pensando que es una broma cruel. Otros quedan paralizados, con una sensación imposible de explicar, como si una parte olvidada de su mente hubiera despertado de golpe.
Con la noticia, regresan fragmentos del pasado: veranos sofocantes, risas nerviosas, carreras en bicicleta… y algo más. Algo que nunca tuvo nombre, pero que siempre estuvo ahí, observando.
A pesar de sus vidas construidas lejos del pueblo —familias, trabajos, éxitos aparentes—, todos sienten lo mismo: el pasado nunca se fue del todo. Solo esperó el momento adecuado para reclamar su deuda.
Viajar de regreso a Derry no es solo un desplazamiento físico. Es un descenso incómodo hacia recuerdos que duelen, hacia miedos que creían superados. El pueblo los llama como un imán oscuro, recordándoles el juramento que hicieron cuando eran niños.
Volver significa enfrentar aquello que los marcó para siempre.
No volver… significa vivir sabiendo que el mal sigue libre.
Y así, con el corazón pesado y la memoria temblando, el grupo comienza el camino de regreso al lugar donde todo empezó. A un pueblo que parece igual…
pero que nunca lo es.