El juramento
El miedo ya no era algo que podían ignorar. Después de los encuentros, de las pruebas y de las verdades compartidas, el grupo entendió que aquello que los acechaba no desaparecería por sí solo. No bastaba con huir. No bastaba con esperar a que los adultos resolvieran algo que ni siquiera veían.
Tenían que hacer algo.
Reunidos lejos de miradas ajenas, hablaron por primera vez con absoluta claridad. Nombraron al enemigo sin entenderlo del todo, pero aceptando su existencia. Comprendieron que no se trataba solo de sobrevivir, sino de enfrentarlo juntos. Separados eran vulnerables. Unidos, tenían una oportunidad.
El miedo seguía allí, pero ya no los paralizaba. Se transformó en determinación.
Decidieron que, pasara lo que pasara, no olvidarían. Que no permitirían que el tiempo borrara lo vivido ni que Derry los tragara como había hecho con tantos otros. Si lograban detener al mal, aunque fuera por un tiempo, regresarían si volvía a despertar.
El juramento no fue solemne ni heroico. Fue torpe, infantil, sincero. Cada uno selló la promesa a su manera, con manos temblorosas y miradas serias. No sabían si sobrevivirían. No sabían si ganarían. Pero sabían algo esencial: no estarían solos.
Ese pacto los marcó más que cualquier herida.
Porque al hacerlo, aceptaron una verdad incómoda: el mal puede ser antiguo y poderoso, pero la amistad —cuando es real— puede desafiar incluso a lo incomprensible.
El verano continuó, pero nada volvió a ser igual.
Habían cruzado un límite invisible.
Y el enemigo, desde la oscuridad, observaba.
Esperando el momento de romper esa promesa.