El precio del olvido
El regreso a Derry no solo removió recuerdos: los desgarró. Aquello que había sido cuidadosamente enterrado durante años comenzó a emerger con violencia. Fragmentos de la infancia regresaban sin aviso, incompletos, confusos, pero cargados de un miedo antiguo que nunca se había ido del todo.
Cada uno de ellos había construido una vida lejos del pueblo. Profesiones, relaciones, rutinas que parecían sólidas. Sin embargo, al volver, descubrieron que esos cimientos estaban levantados sobre el olvido. Un olvido necesario… pero frágil.
Los recuerdos no volvían como historias claras, sino como sensaciones: opresión en el pecho, sudor frío, una certeza inexplicable de peligro. Lugares que deberían ser familiares se sentían ajenos. Nombres que costaba pronunciar. Rostros que aparecían en sueños sin explicación.
Comprendieron entonces que olvidar había sido un mecanismo de defensa. Derry no solo los había expulsado físicamente; también había borrado parte de sus memorias para protegerlos… o para protegerse a sí misma.
Pero ese precio era alto.
Cuanto más recordaban, más vulnerables se sentían. El miedo adulto era distinto al infantil: más silencioso, más profundo, cargado de culpa y preguntas sin respuesta. Ya no podían esconderse detrás de la inocencia.
El mal lo sabía.
Aprovechaba esa confusión, ese regreso forzado al pasado, para debilitar su unión. Cada recuerdo recuperado era una herida abierta, pero también una pieza necesaria para entender lo que enfrentaban.
Recordar dolía.
Olvidar los había salvado… temporalmente.
Ahora, no había escapatoria.
Para derrotar aquello que los esperaba, debían aceptar el precio completo de la memoria.