El asesinato y el legado
El 15 de marzo no amaneció distinto.
Pero Roma nunca volvería a ser la misma.
Julio César entra al Senado sin escolta. Ignora las advertencias, minimiza los presagios, confía en su autoridad y en los hombres que lo rodean. Para él, el peligro real ya pasó. La guerra terminó. El poder está asegurado.
Está equivocado.
Cuando toma asiento, el silencio pesa. Un senador se acerca con una petición falsa. Es la señal. De pronto, los cuchillos aparecen. El primer golpe no es mortal. El segundo tampoco. César intenta defenderse, confundido, incrédulo. No comprende lo que ocurre… hasta que ve los rostros.
Amigos. Aliados. Hombres a los que perdonó.
Entre ellos, Bruto.
En ese instante, César deja de luchar. No por debilidad, sino por comprensión. Entiende que no es solo un asesinato. Es un mensaje. Un acto político. Una traición que pretende salvar la república destruyendo a un hombre.
Cae bajo más de veinte puñaladas. Su sangre mancha el suelo del Senado, el mismo lugar donde creyó consolidar el orden. Los conspiradores esperan aplausos. Esperan gratitud. Esperan haber salvado a Roma.
No ocurre.
El pueblo no celebra. Roma no se libera. El vacío de poder no devuelve la república; la hunde. El asesinato no restaura el equilibrio, lo rompe definitivamente. Lo que sigue es caos, venganza y nuevas guerras civiles.
César muere, pero su sombra crece.
Su nombre se vuelve símbolo. Su legado, inevitable. De su caída nacerá un nuevo orden, aún más autoritario, aún más definitivo. El imperio que Roma temía surge precisamente del acto que intentó evitarlo.
Este es el último aprendizaje de su historia:
matar al hombre no destruyó la idea.
Julio César perdió la vida,
pero cambió el mundo.
Y Roma, al intentar salvar su libertad,
selló su destino para siempre.