El ascenso del ambicioso

Capítulo 3 • 21 Ene 2026 11 vistas 2 min

Recordar el nombre de Julio César ya no era suficiente.
Ahora Roma empezaba a notarlo.

César regresa con una idea clara: el poder no se hereda, se construye. Y para construirlo en Roma había que gastar, arriesgar y exponerse. Se lanza a la vida pública con una audacia que roza la imprudencia. Organiza espectáculos costosos, se muestra generoso con el pueblo, promete reformas que incomodan a los poderosos.

Se endeuda sin miedo.
Sabe que la deuda compra algo más valioso que el dinero: visibilidad.

Mientras otros cuidan su fortuna, César invierte en influencia. Cada gesto público es calculado. Cada aparición, un mensaje. No habla como senador; habla como líder. No se dirige a la élite; se dirige a la multitud.

La aristocracia romana lo observa con recelo. Ven en él a un hombre peligroso: carismático, inteligente y demasiado cercano al pueblo. Pero subestiman su ambición, creyendo que el favor popular es pasajero.

César entiende algo que muchos ignoran:
quien controla el relato, controla el poder.

Su oratoria se vuelve legendaria. Defiende causas impopulares entre los nobles, pero populares entre la gente común. Se gana enemigos… y eso no lo frena. En Roma, tener enemigos es señal de que estás avanzando.

Cuando alcanza cargos clave, no actúa con moderación. Actúa con decisión. Protege a sus aliados, castiga a quienes lo traicionan y nunca olvida una afrenta. La política deja de ser un juego elegante y se convierte en una guerra silenciosa.

Este ascenso no es limpio. No es noble.
Es efectivo.

Julio César ya no es solo un nombre prometedor.
Es una amenaza real para el equilibrio de la república.

Y en Roma, cuando alguien sube demasiado rápido,
empieza la cuenta regresiva.

Comentarios

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en comentar!