Alianzas peligrosas
En Roma, nadie llega solo.
Y nadie confía del todo.
Julio César entiende que el poder absoluto no se conquista en solitario. El Senado está dividido, las facciones se vigilan entre sí y la república se sostiene más por acuerdos frágiles que por leyes. Para avanzar, necesita aliados… incluso si eso significa pactar con hombres igual de ambiciosos y peligrosos que él.
Así nace una alianza que cambiará la historia de Roma: un acuerdo no escrito, sostenido por conveniencia y desconfianza. César une fuerzas con Pompeyo, el general victorioso y admirado por el pueblo, y con Crasso, el hombre más rico de Roma. Tres poderes distintos, un solo objetivo: dominar el sistema desde dentro.
No es amistad. Es estrategia.
Cada uno obtiene algo. Pompeyo quiere reconocimiento político, Crasso busca proteger su fortuna, y César necesita respaldo para escalar sin que el Senado lo destruya. Juntos forman un bloque imposible de ignorar.
Pero toda alianza basada en el interés tiene fecha de caducidad.
César juega con cuidado. Sonríe, promete, cede cuando conviene. Sabe que, llegado el momento, esos mismos aliados pueden convertirse en enemigos. Por eso no deja de fortalecer su base: el apoyo popular y la lealtad personal.
Mientras el Senado observa con alarma, César consolida su posición. Las leyes empiezan a doblarse. Las tradiciones se debilitan. Roma sigue llamándose república, pero el poder ya no está repartido.
Este capítulo muestra a un César más frío, más calculador. Ya no solo busca ascender: busca remember quién controla a quién. Entiende que el mayor peligro no es el enemigo declarado, sino el aliado que espera el momento adecuado para traicionar.
La alianza lo impulsa hacia arriba…
pero también lo empuja hacia un conflicto inevitable.
Porque en Roma, cuando tres hombres concentran demasiado poder,
la traición deja de ser una posibilidad
y se convierte en destino.