Roma contra Roma

Capítulo 7 • 21 Ene 2026 9 vistas 2 min

La guerra civil no llegó con sorpresa.
Llegó con resignación.

Cuando Julio César cruza el Rubicón, el miedo se extiende por Roma más rápido que sus legiones. El Senado entra en pánico. Pompeyo, antiguo aliado y ahora rival, huye de la ciudad con los nobles que aún creen defender la república. Roma queda casi vacía, abandonada por quienes decían gobernarla.

César avanza sin arrasar. No busca destruir la ciudad que quiere dominar. Se presenta como restaurador del orden, no como tirano. Promete clemencia, estabilidad y justicia. Muchos lo creen. Otros simplemente no tienen fuerzas para resistirlo.

La guerra divide a familias, amigos y ejércitos. Romanos luchan contra romanos. No por ideales, sino por lealtades. Pompeyo aún tiene prestigio, experiencia y aliados en Oriente. César tiene algo distinto: soldados que no luchan por Roma, sino por él.

Las batallas son rápidas, decisivas. César se mueve con una velocidad que desconcierta a sus enemigos. Donde otros dudan, él actúa. Donde otros esperan refuerzos, él ataca. Cada victoria debilita la imagen de Pompeyo como defensor de la república.

El enfrentamiento final llega lejos de Roma, en tierras extranjeras. Allí, el destino se decide en una sola jornada. Pompeyo es derrotado. No muere en el campo de batalla, pero su huida marca el fin de una era. Poco después, es asesinado, traicionado por quienes intentaron ganar el favor de César.

Cuando César recibe la noticia, no celebra.
Entiende algo fundamental: ya no queda nadie que pueda detenerlo.

Regresa a Roma como vencedor absoluto. No hay ejército que lo desafíe. No hay líder que lo equilibre. La república sigue existiendo en nombre, pero el poder real tiene un solo rostro.

Este capítulo no glorifica la guerra. La expone como lo que fue: el precio de una ambición demasiado grande para convivir con las viejas reglas. Roma venció a sus enemigos externos durante siglos… pero casi no sobrevive a sí misma.

Y ahora, con la ciudad en silencio y el poder concentrado, surge la pregunta más peligrosa de todas:

¿qué hará Julio César cuando ya no tenga a nadie enfrente?

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