La conspiración

Capítulo 9 • 21 Ene 2026 9 vistas 2 min

Las conspiraciones no nacen del odio inmediato.
Nacen del miedo prolongado.

Mientras Julio César gobierna Roma con autoridad absoluta, un grupo de senadores comienza a convencerse de que la república ya está perdida. No ven en César a un dictador temporal, sino a un futuro rey. Y para los romanos, el título de rey es el peor de los crímenes.

Entre ellos no hay monstruos. Hay hombres cultos, respetados, antiguos aliados. Algunos incluso le deben la vida a César. Pero eso no los detiene. La gratitud es débil cuando el miedo al futuro es más fuerte.

El nombre de Bruto se vuelve central. Amigo personal de César, símbolo de virtud republicana, heredero de una tradición que odiaba la tiranía. Para muchos conspiradores, su participación es necesaria: si Bruto apuñala a César, el acto parecerá justo.

La traición se disfraza de deber.

Las reuniones son secretas, silenciosas. No buscan gloria personal, buscan restaurar un ideal. Se convencen de que matar a un hombre salvará a Roma. Cada paso los aleja un poco más de la moral que dicen defender.

César, confiado, no percibe el peligro. Rechaza advertencias. Ignora presagios. Cree que el respeto que inspira es suficiente escudo. Ha sobrevivido a guerras, traiciones y exilios. ¿Cómo podría temerle a palabras y miradas?

Los conspiradores eligen el lugar y el momento con frialdad. No quieren sangre en las calles. Quieren un asesinato simbólico, político, limpio. El Senado será el escenario. La república, el argumento.

Este capítulo revela una verdad incómoda:
las traiciones más devastadoras no vienen de enemigos declarados,
sino de quienes creen actuar por una causa superior.

La decisión está tomada.
No habrá marcha atrás.

Roma está a horas de cometer el acto
que marcará su historia para siempre.

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