El silencio de la comunidad
Tras el descubrimiento del cuerpo, el monasterio queda sumido en un estado de vigilancia constante. Las puertas se mantienen cerradas y se limita cualquier contacto con el exterior. El abad reúne a los monjes y ordena que nadie hable del asesinato fuera del recinto. La prioridad es preservar la estabilidad interna y evitar que la noticia llegue a oídos de autoridades civiles o eclesiásticas sin el debido control.
Durante las horas siguientes, se realiza una revisión discreta de las dependencias del monasterio. No se encuentran signos de entrada forzada ni rastros que indiquen la presencia de extraños. Este hecho refuerza la sospecha de que el crimen fue cometido por alguien que vive o trabaja dentro del monasterio. A pesar de ello, nadie formula acusaciones directas.
Los monjes reaccionan de maneras distintas. Algunos se refugian en la oración y evitan cualquier conversación relacionada con el crimen. Otros muestran nerviosismo y vigilan cuidadosamente sus palabras. En los espacios comunes, el silencio se impone y las actividades diarias se desarrollan con una rigidez poco habitual.
El abad interroga de manera informal a varios miembros de la comunidad. Las respuestas son breves, imprecisas y, en muchos casos, contradictorias. Algunos monjes afirman no haber visto ni oído nada fuera de lo normal la noche del asesinato, mientras otros admiten haber notado movimientos inusuales cerca de la biblioteca y de las salas de archivo.
La biblioteca del monasterio adquiere una importancia especial. Se refuerza su custodia y se restringe aún más el acceso a ciertos manuscritos antiguos. Se revisan los registros de préstamo interno y se constata que el monje asesinado había consultado textos que rara vez se autorizan. Nadie explica con claridad por qué esos libros estaban disponibles ni quién permitió su acceso.
A medida que pasan los días, el clima de desconfianza se intensifica. Los monjes comienzan a vigilarse entre sí, conscientes de que el asesino podría seguir entre ellos. El silencio, impuesto como medida de protección, se convierte en una carga que agrava el miedo y la incertidumbre dentro de la comunidad.