La biblioteca sellada

Capítulo 8 • 10 Feb 2026 2 vistas 2 min

Tras el segundo asesinato, el investigador ordena el cierre inmediato de la biblioteca y de los archivos asociados a los manuscritos restringidos. El acceso queda limitado a un número mínimo de personas y se establece un control constante sobre las llaves y los registros de entrada. Esta medida genera resistencia entre algunos monjes, que consideran la biblioteca como el centro del saber del monasterio.

Se realiza una inspección exhaustiva del recinto. Durante la revisión, se detectan estantes alterados, volúmenes mal ubicados y documentos que no coinciden con los inventarios oficiales. Algunos manuscritos presentan marcas recientes, anotaciones en los márgenes y páginas dobladas, lo que confirma un uso intensivo en fechas cercanas a los asesinatos.

El investigador analiza los sistemas de custodia y descubre que varias normas han sido modificadas de manera informal con el paso del tiempo. Existen textos que fueron retirados de los registros oficiales y conservados en compartimentos ocultos, conocidos solo por un grupo reducido de monjes. Esta práctica ha permitido mantener libros prohibidos sin supervisión externa.

Durante los interrogatorios, algunos religiosos reconocen la existencia de reuniones nocturnas en la biblioteca, destinadas al estudio de esos textos. Aunque evitan describir el contenido exacto de las lecturas, admiten que se trataban asuntos considerados peligrosos por la doctrina oficial. Estas reuniones habrían contado con la aprobación tácita de ciertas autoridades internas.

El cierre de la biblioteca incrementa la tensión dentro del monasterio. Se interrumpen actividades habituales y se refuerza la sensación de encierro. El capítulo concluye con la confirmación de que la biblioteca no solo fue un lugar de estudio, sino el núcleo desde el cual se originaron los conflictos que desembocaron en los asesinatos.

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