La primera entrevista
La puerta se cerró detrás de mí con un sonido seco, definitivo. No fue un portazo; fue peor. Un clic metálico que parecía decir: ya estás dentro.
El Centro Penitenciario San Marcos no se parecía a ninguna cárcel que hubiera visto antes. No había gritos, ni rejas visibles, ni pasillos interminables llenos de sombras. Todo era blanco, pulcro, silencioso. Demasiado silencioso. Como un hospital que hubiese aprendido a no hacer preguntas.
—Aquí no existen los errores —me dijo el director esa mañana—. Solo evaluaciones incompletas.
Asentí, como siempre hacía. Yo vivía de completar evaluaciones.
Avancé por el corredor con mi credencial aún rígida, recién impresa. Psicología Forense. Área de Entrevistas. Las cámaras seguían cada paso con una precisión quirúrgica. En este lugar, nadie tocaba a nadie. No había contacto físico entre reclusos y personal. Todo ocurría a través de cristales blindados, micrófonos y protocolos.
Era perfecto. O eso creí.
Entré a la sala asignada y dejé mi carpeta sobre la mesa. Dos sillas, un vidrio grueso en medio, un intercomunicador. Del otro lado, la habitación estaba vacía… por ahora.
Respiré hondo. No era nerviosismo; era rutina. Llevaba años sentándome frente a personas capaces de mentir con una sonrisa. Hombres y mujeres que habían destruido vidas y aún así dormían tranquilos. Yo sabía escuchar. Sabía detectar fisuras. Sabía mantener distancia.
O al menos eso pensaba.
La puerta del otro lado se abrió y el interno entró acompañado por un guardia. Alto, delgado, expresión neutra. No esposado. Se sentó sin mirarme. El guardia salió sin decir una palabra.
Revisé el nombre en mi carpeta.
Interno 0417 — Marco Vega
Condena: homicidio agravado
Evaluación: riesgo medio-alto
Observaciones: inteligencia verbal superior al promedio
Levanté la vista.
Nuestros ojos se cruzaron solo un segundo. Fue suficiente para que algo se tensara en mi pecho, como un recuerdo que aún no sabía cómo llamarse.
—Buenos días —dije, profesional, estable—. Soy la doctora Elena Rivas. Estaré a cargo de sus evaluaciones psicológicas.
Marco sonrió apenas. No una sonrisa amable. Tampoco hostil. Una sonrisa de reconocimiento.
—Ya lo sé —respondió—. He estado esperándola.
Anoté la frase sin darle importancia. Muchos decían cosas así. Era una forma de ganar control.
—Antes de comenzar —continué—, quiero recordarle que esta entrevista será grabada y analizada por el comité—
—¿Todavía guarda la pulsera azul?
Mi mano se detuvo en seco sobre el bolígrafo.
No levanté la mirada de inmediato. No debía hacerlo. No debía reaccionar.
—No entiendo a qué se refiere —dije, aunque mi voz sonó un poco más baja de lo normal.
Marco se inclinó hacia el vidrio.
—La del verano del 2008 —añadió con calma—. La que llevaba puesta cuando nadie llamó a la policía.
El aire se volvió espeso. El silencio ya no era clínico; era personal.
Levanté la vista lentamente.
Marco me observaba con una serenidad inquietante, como si acabara de confirmar algo que llevaba tiempo sabiendo.
—Esta entrevista ha terminado —dije, presionando el botón del intercomunicador.
Pero antes de que pudiera levantarme, Marco habló una última vez:
—No se preocupe, doctora.
Yo tampoco he contado nada… todavía.
La puerta seguía cerrada.
Y por primera vez desde que crucé ese pasillo blanco, entendí algo con absoluta claridad:
Yo no estaba allí para evaluarlo a él.