El comité

Capítulo 10 • 10 Feb 2026 2 vistas 3 min

El correo llegó a las 08:12.

Asunto: Revisión extraordinaria
Asistentes: Comité Clínico–Administrativo
Motivo: Seguimiento de caso 0417
Hora: 09:00
Asistencia obligatoria

No decía más. No lo necesitaba.

Me senté frente a la pantalla con la carpeta aún abierta sobre el escritorio. La firma seguía allí, inmóvil, como si no le afectara el temblor leve de mis manos. Cerré el archivo y guardé la carpeta en el cajón. No por esconderla. Por orden. Siempre había sido buena manteniendo el orden cuando todo lo demás se desmoronaba.

La sala del comité estaba en el nivel inferior. Sin ventanas. Sin relojes visibles. Ocho sillas alrededor de una mesa ovalada. Siete ocupadas cuando entré.

El director me indicó la última con un gesto breve.

—Gracias por venir, doctora Rivas.

Como si hubiera tenido opción.

Nadie sonrió. Nadie tomó notas al principio. El silencio era parte del procedimiento.

—El interno 0417 ha mostrado una mejora conductual notable desde su reasignación —comenzó el director—. Coincide temporalmente con su incorporación al caso.

—Eso no implica causalidad —respondí.

—No —admitió—. Pero nos obliga a observar.

Una mujer a mi izquierda deslizó una tablet hacia el centro de la mesa.

—Hemos detectado inconsistencias —dijo—. Pequeñas omisiones. Retrasos en informes. Entrevistas no protocolizadas.

—Problemas técnicos —respondí—. Ya fueron registrados.

—Algunos sí —corrigió—. Otros no.

Respiré hondo.

—¿Qué están insinuando?

El director cruzó las manos.

—Nada —dijo—. Solo que este centro se basa en la continuidad. Y usted parece… interrumpirla.

—Estoy haciendo mi trabajo.

—Lo estaba —respondió—. Hasta que empezó a recordar.

El silencio se volvió pesado.

—No sé de qué habla —dije.

—Claro que sí —intervino otro miembro—. San Marcos no borra memorias. Las aplaza. Usted lo sabía.
—Usted lo pidió.

Me incliné hacia adelante.

—Si creen que he violado algún protocolo, preséntenlo por escrito.

—No —respondió el director—. Lo que creemos es que usted está recuperando información sensible fuera del marco acordado.

—¿Acordado con quién?

—Con usted —dijo—. Hace seis años.

Mi garganta se cerró.

—Entonces explíquenme por qué no recuerdo nada.

—Porque funcionó —respondió la mujer de la tablet—. Durante seis años.

Apoyé las manos sobre la mesa.

—¿Y ahora qué quieren?

El director sostuvo mi mirada con una calma inquietante.

—Que decida —dijo—.
—Puede continuar recordando… y salir del sistema.
—O puede quedarse. Ajustar el protocolo. Volver a la zona muerta.

—¿Eso es una amenaza?

—Es una opción.

Me levanté despacio.

—¿Y Marco?

—Marco está donde debe estar —respondió—. Protegido.

Entendí entonces la perversión completa del lugar.

San Marcos no encerraba culpables.
Encerraba verdades inconvenientes.

—No voy a olvidar otra vez —dije.

Nadie respondió.

Salí de la sala con una certeza incómoda: no iban a detenerme. No todavía. Iban a observar qué hacía con la verdad… y a quién arrastraba con ella.

Al regresar a mi oficina, encontré un sobre bajo la puerta.

Dentro, una nota manuscrita.

“El archivo completo está fuera.
Si sales, deja de ser solo tu culpa.”

No había firma.

Miré el pasillo. Las cámaras. Las puertas.

Por primera vez desde que entré a San Marcos, comprendí algo esencial:

El centro no me necesitaba obediente.
Me necesitaba callada.

Y yo acababa de decidir lo contrario.

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