La grieta
No volví a San Marcos al día siguiente.
No llamaron.
No enviaron correos.
No activaron ningún protocolo visible.
Ese silencio fue el primer aviso.
Pasé la mañana releyendo las transcripciones del pendrive, una por una, con la precisión clínica que siempre había usado para analizar a otros. Voces distintas. Fechas separadas por años. Un patrón común: frases inconclusas, decisiones aplazadas, informes que nunca llegaron a firmarse.
San Marcos no inventaba mentiras.
Las dejaba en suspenso.
En uno de los audios, reconocí la voz del psicólogo desaparecido. Sonaba cansado, pero lúcido.
—No es una cárcel —decía—. Es una sala de espera moral. Aquí no se absuelve ni se condena. Se posterga.
El archivo terminaba abruptamente.
Cerré la carpeta y apoyé la espalda contra la silla. Empezaba a entender por qué Marco nunca había querido irse. Dentro del centro, la culpa tenía estructura. Afuera, era un abismo.
A las 14:37 alguien tocó a mi puerta.
No era un golpe fuerte.
No era una visita improvisada.
Era una confirmación.
Miré por la mirilla.
Lucía.
Abrí sin decir nada.
—No puedo quedarme mucho —dijo entrando—. No deberían verme aquí.
—Entonces no deberías haber venido.
Lucía me miró con una mezcla de miedo y determinación.
—Vi el archivo —dijo—. No todo, pero lo suficiente.
—¿Quién te lo dio?
—Nadie —respondió—. Estaba en el sistema desde antes de que yo llegara. Como si alguien hubiera querido que, tarde o temprano, alguien lo encontrara.
Me senté despacio.
—¿Por qué ahora?
Lucía se cruzó de brazos.
—Porque hay una grieta —dijo—. Y San Marcos lo sabe. Cuando alguien recuerda demasiado, el sistema se vuelve inestable.
—¿Qué hacen entonces?
—Aíslan el problema —respondió—. Lo desacreditan. Lo cansan. O lo reemplazan.
—¿Reemplazan?
Lucía evitó mirarme.
—Siempre hay alguien dispuesto a callar si el precio es correcto.
El teléfono vibró sobre la mesa. Número oculto.
No contesté.
—Van a ofrecerte algo —continuó Lucía—. Protección. Olvido asistido. Una salida elegante.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Por qué ayudarme?
Lucía respiró hondo.
—Porque yo también estaba allí —dijo—. No ese día. Después. Limpiando.
—Y porque no quiero cargar con esto otros seis años.
Nos miramos en silencio.
—Si haces esto —añadió—, no hay vuelta atrás.
Asentí.
—Nunca la hubo.
Lucía se levantó.
—Tienen una reunión esta noche —dijo—. No oficial. Nivel rojo, pero sin actas.
—Si quieres que algo cambie, tienes que entrar.
—¿Dónde?
Lucía sonrió con tristeza.
—En la única sala que no aparece en los planos.
La puerta se cerró tras ella.
Me quedé sola, con el pendrive sobre la mesa y la certeza ya instalada.
San Marcos no iba a caer por una denuncia.
Iba a quebrarse por una grieta interna.
Y yo estaba justo en el centro de ella.