Daños colaterales

Capítulo 15 • 10 Feb 2026 2 vistas 3 min

El artículo no salió esa noche.
Ni al día siguiente.

Salió al tercero.

Ese margen, ese silencio previo, fue más inquietante que la publicación misma. El periodista no buscaba velocidad; buscaba que el sistema se acomodara lo suficiente como para dejar ver sus costuras.

Cuando el enlace empezó a circular, no llevaba mi nombre en el titular. Tampoco el de San Marcos. Hablaba de un centro penitenciario experimental, de protocolos de contención psicológica, de archivos paralelos. Era una historia cuidadosa. Demasiado.

Mi teléfono no dejó de vibrar.

Mensajes de números desconocidos. Correos sin remitente. Dos amenazas explícitas. Una advertencia disfrazada de consejo legal.

Y, entre todo eso, una llamada que sí atendí.

—Te están usando —dijo Lucía, sin saludo—. Para medir el daño.

—Lo sé.

—El comité se reunió esta mañana. Nivel negro.

—¿Qué significa eso?

Silencio al otro lado.

—Que están dispuestos a sacrificar piezas —respondió—. Para que la estructura sobreviva.

Colgué y me quedé mirando la pared durante un largo rato. No sentí miedo. Sentí responsabilidad. Cuando se empuja una verdad al exterior, no se controla cómo cae.

Esa tarde supe del primer daño colateral.

El psicólogo desaparecido fue “localizado”.
Vivo.
Desorientado.
Internado en una clínica privada bajo otro nombre.

El comunicado hablaba de “agotamiento extremo” y “retiro voluntario”. Nadie mencionaba San Marcos.

No era justicia.
Era contención.

El segundo daño llegó por la noche.

Marco Vega había sido trasladado.

No a otra prisión.
No a un tribunal.

A un lugar que no figuraba en ningún registro.

Llamé al periodista de inmediato.

—Esto se está moviendo —le dije—. Están cerrando filas.

—Lo esperaba —respondió—. Por eso no publiqué todo.

—¿Qué más tienes?

—Lo suficiente para forzar una audiencia —dijo—. Pero necesito algo más claro. Algo que no puedan llamar interpretación.

Miré el pendrive duplicado sobre la mesa.

—Tengo un video —dije—. Sin editar. Sin contexto.
—Solo hechos.

Hubo una pausa.

—Eso cambia todo —respondió.

—También me expone a mí.

—Eso ya ocurrió.

Colgué.

Esa noche, alguien llamó a mi puerta.

No toqué la mirilla.
No pregunté quién era.

Abrí.

Era el director de San Marcos.

Sin traje.
Sin escolta.
Solo un hombre cansado sosteniendo una carpeta.

—No vengo a amenazarte —dijo—. Vengo a cerrar esto.

—Llegas tarde.

Entró sin esperar invitación.

—Lo que hiciste ya generó una reacción en cadena —continuó—. Personas que no conoces están perdiendo protección.

—¿Protección o impunidad?

No respondió.

—Puedo ofrecerte algo —dijo—. Inmunidad parcial. Silencio negociado.
—Que esto quede como un exceso aislado.

—Y Marco —pregunté—. ¿Dónde está?

El director bajó la mirada.

—Marco cumplió su función.

Sentí una furia fría, precisa.

—Entonces no tienes nada que ofrecerme.

Se acercó a la mesa y dejó la carpeta.

—Solo una advertencia —dijo—. Cuando los sistemas caen, no lo hacen limpiamente.
—Arrastran a quienes están cerca.

—Lo sé.

Lo miré a los ojos por primera vez sin miedo.

—Por eso no voy a soltar esto ahora.

El director asintió, como si ya lo supiera.

—Entonces prepárate —dijo—. Porque el siguiente movimiento no será silencioso.

Se fue sin despedirse.

Cerré la puerta con cuidado.

Me apoyé contra ella y respiré hondo.

Hasta ese momento, había hablado.
Había recordado.
Había expuesto.

Pero ahora venía la parte más difícil.

Sostener la verdad cuando empieza a romper cosas.

Y esta vez, no había zona muerta a la que volver.

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