El contenedor vacío
Lo releí varias veces, como si las palabras pudieran reordenarse y ofrecer una explicación menos grave. Marco no salió de aquí. No decía dónde estaba. No decía si seguía vivo. Solo dejaba claro algo esencial: el sistema había decidido mover la carga.
Encendí la televisión sin volumen. Noticieros hablando de “programas experimentales”, “fallas éticas”, “zonas grises de la justicia”. Nadie mencionaba nombres propios. Todavía.
Eso también era una estrategia.
El periodista llamó una hora después.
—Nos están cerrando puertas —dijo—. Fuentes que ayer hablaban hoy no responden.
—Están replegándose.
—Sí —admitió—. Pero eso significa otra cosa.
—¿Cuál?
—Que van a ofrecer una cabeza visible.
No pregunté quién. Ya lo sabía.
Colgué y me quedé sentada, mirando el pendrive duplicado que aún no había entregado. El archivo completo. El que mostraba no solo decisiones individuales, sino la arquitectura del silencio. Ese archivo no podía quedarse conmigo mucho más tiempo.
Llamé a Lucía.
—No uses tu teléfono —dijo apenas escuchó mi voz—. No ahora.
—¿Dónde estás?
—En un lugar donde todavía no saben que estuve —respondió—.
—Escucha: Marco era el último contenedor estable. Cuando alguien aguanta tanto tiempo, el sistema lo necesita intacto.
—¿Y ahora?
—Ahora estorba.
Sentí un vacío seco en el pecho.
—¿Qué quieren hacer conmigo?
Lucía dudó.
—Convertirte en la narrativa —dijo al fin—.
—La profesional brillante que cruzó una línea ética por culpa personal.
—Un error humano. No un sistema.
Asentí, aunque ella no podía verme.
—Entonces tenemos que mover el archivo —respondí—. Hoy.
Hubo un silencio tenso.
—Eso nos deja sin protección —dijo.
—Nunca la tuvimos.
Corté.
Esa noche salí sin bolso, sin documentos, sin teléfono personal. Llevé solo el pendrive en el bolsillo interior del abrigo. Caminé varias cuadras antes de subir a un transporte público cualquiera. No miré a nadie a los ojos. No porque tuviera miedo, sino porque sabía que cualquiera podía ser normal.
Llegué al punto acordado: un edificio viejo, oficinas compartidas, luces encendidas a destiempo. Subí por la escalera. No usé el ascensor.
El periodista me esperaba solo.
—¿Lo traes? —preguntó.
Asentí y se lo entregué sin ceremonia.
—Aquí está todo —dije—. Sin filtros. Sin cortes.
Lo tomó con cuidado, como si pesara más de lo que parecía.
—Cuando esto salga —dijo—, no podrás volver atrás.
—No quiero hacerlo.
Me observó en silencio unos segundos.
—¿Sabes qué es lo más grave? —preguntó—.
—Que esto no es ilegal en muchos aspectos. Es solo… inaceptable.
—Eso siempre fue suficiente para sostenerlo —respondí—.
Me fui antes de que pudiera decir algo más.
Al salir a la calle, sentí por primera vez una ligereza extraña. No alivio. Desprendimiento. El contenedor ya no estaba en mis manos.
Mi teléfono de emergencia vibró al llegar a casa.
Mensaje de número oculto.
“El sistema ya eligió.”
No pregunté qué significaba.
Porque lo supe de inmediato.
San Marcos ya no iba a negociar.
Iba a reemplazar el silencio por una versión oficial.
Y yo acababa de convertirme en el elemento más prescindible de la historia.
Pero también, en el único que ya no podían encerrar.