La versión

Capítulo 18 • 10 Feb 2026 2 vistas 3 min

La versión oficial apareció a la mañana siguiente.

No como noticia de última hora.
No como escándalo.

Como comunicado.

“Revisión interna de programa experimental”
“Responsabilidades individuales bajo análisis”
“Acciones correctivas en curso”

Leí cada palabra con la frialdad con la que antes leía informes clínicos. El texto era impecable. Cuidadoso. Tan neutro que resultaba ofensivo. San Marcos no negaba los hechos: los reordenaba.

Y ahí estaba yo.

No con nombre completo.
No con rostro.

Pero con una descripción demasiado precisa para ser casual.

“Una profesional externa, emocionalmente involucrada, que actuó fuera de los márgenes metodológicos establecidos.”

Sonreí sin humor.

Habían hecho exactamente lo que Lucía advirtió: convertir la estructura en un incidente humano. Un error aislado. Una desviación ética individual.

El teléfono vibró.

—Van a llamarte —dijo el periodista sin saludo—. Fiscalía, comisión, alguien con siglas largas.
—Querrán que hables.

—¿Para aclarar?

—Para encuadrar —corrigió—. Para cerrar.

—¿Y tú?

—Yo voy a publicar el archivo completo esta noche.

Cerré los ojos un segundo.

—Entonces hazlo bien —dije—.
—Sin editorializarme. Sin absolverme. Sin salvarme.

—Eso te va a costar todo.

—Ya me costó —respondí.

Colgué.

Horas después, el llamado llegó.

Una oficina sobria. Dos personas. Una grabadora visible. Un vaso de agua intacto.

—Doctora Rivas —dijo uno de ellos—, necesitamos que nos ayude a entender el contexto emocional de sus decisiones.

Ahí estaba. La trampa perfecta.

—No fue emocional —respondí—. Fue racional.
—Elegí no intervenir.

Se miraron.

—¿Es consciente de las implicancias legales de esa afirmación?

—Soy consciente de las morales —dije—.
—Las legales llegaron después.

La entrevista duró menos de lo esperado. No porque no hubiera preguntas, sino porque no obtuvieron el relato que necesitaban. Yo no pedí perdón. No desvié culpas. No me quebré.

Eso también era inaceptable.

Al salir, supe que no habría segunda llamada.

Esa noche, el archivo completo salió a la luz.

No explotó.
No colapsó nada de inmediato.

Pero algo cambió.

Organizaciones independientes pidieron auditorías. Universidades retiraron convenios. Jueces comenzaron a citar documentos que no deberían existir. El nombre de San Marcos empezó a pronunciarse con cautela. Con sospecha.

Y en medio de todo eso, una noticia breve, casi escondida:

“Centro penitenciario suspende operaciones de forma temporal.”

Temporal.

Me senté en la oscuridad del departamento, sin encender luces, sin música. Pensé en Marco. En el contenedor vacío. En todos los silencios que habían sido funcionales hasta que dejaron de serlo.

El teléfono vibró una última vez esa noche.

Mensaje sin número.

“No ganaste.”

Leí la frase sin emoción.

Respondí por primera vez.

“Lo sé.”

Porque no se trataba de ganar.

Se trataba de romper la versión.
De dejar constancia.
De impedir que el silencio volviera a organizarse con otro nombre.

La zona muerta ya no era un lugar seguro.

Ahora era un antecedente.

Y eso, para cualquier sistema,
es mucho más peligroso que una denuncia.

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