Después del silencio
El día después no trajo alivio.
Tampoco caos.
Trajo algo más difícil de soportar: normalidad.
Los noticieros pasaron a otros temas. Las redes encontraron nuevos culpables, nuevas indignaciones. San Marcos seguía “suspendido”, palabra elástica que no significaba cierre ni absolución. Solo espera.
Yo ya conocía ese estado.
Salí a caminar temprano, sin rumbo, por primera vez en semanas. El mundo seguía funcionando sin mí: gente apurada, cafés abriendo, conversaciones triviales. Nadie sabía quién era yo. Nadie tenía por qué.
Y sin embargo, lo sentía en el cuerpo: ya no era invisible. Tampoco protegida.
En una esquina, una mujer me miró dos segundos más de lo normal. No con reconocimiento. Con curiosidad. Como si algo en mi forma de estar no encajara del todo.
Seguí caminando.
Al volver a casa, encontré un correo en la bandeja de entrada. No tenía logotipo ni firma institucional.
Asunto: Declaración complementaria
Remitente: Comisión Independiente de Revisión Ética
Lo abrí.
No pedían una entrevista.
No pedían una aclaración.
Pedían tiempo.
Acceso extendido.
Documentación adicional.
Disponibilidad futura.
Era el primer mensaje que no buscaba encuadrarme. Buscaba entender.
Apoyé la espalda contra la silla. Respiré despacio. No sentí triunfo. Sentí cansancio.
Respondí con una sola línea:
“Estoy disponible.”
Horas después, otro mensaje. Esta vez de Lucía.
“Cerraron el ala norte.
No por el archivo.
Por lo que encontraron después.”
No pregunté qué. Algunas respuestas no se piden; llegan cuando pueden ser sostenidas.
Esa noche soñé con la piscina otra vez, pero era distinta. Vacía. Sin gente. Sin ruido. Solo el agua quieta reflejando luces que no recordaba haber visto antes.
En el sueño, esta vez, yo llamaba.
No para pedir ayuda.
Para dejar constancia.
Al despertar, entendí algo que no había querido aceptar hasta entonces:
El peso no desaparece cuando se dice la verdad.
Solo cambia de forma.
Antes, la carga era mía.
Ahora, estaba repartida.
Eso no la hacía más liviana.
La hacía real.
Encendí el portátil y abrí un documento nuevo. No un informe. No una denuncia. Un registro personal.
Lo titulé sin pensar demasiado:
Después del silencio
Empecé a escribir.
No para justificarme.
No para redimirme.
Sino para dejar algo claro, por si alguien más alguna vez se encontraba frente a una decisión parecida:
Que el silencio no es neutral.
Que postergar también es elegir.
Y que ningún sistema se sostiene solo por quienes mandan…
sino por quienes deciden no hablar.
Cerré el archivo y guardé el documento.
No sabía qué vendría después. Audiencias. Consecuencias. Pérdidas.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de huir.
La zona muerta había quedado atrás.
Y aunque el camino que seguía era incierto,
ya no estaba caminándolo a oscuras.