Protocolos
Salí de la sala sin mirar atrás, pero sentía su presencia pegada a mi espalda como una sombra que no necesitaba luz. El pasillo parecía más largo que antes. O quizá era yo la que caminaba más lento.
—Doctora Rivas.
La voz del supervisor me detuvo antes de llegar al ascensor. Alto, traje gris, rostro inexpresivo. En San Marcos nadie sonreía sin motivo.
—La entrevista duró once minutos —dijo mirando su tablet—. El promedio inicial es de cuarenta.
—El interno rompió el protocolo —respondí—. Hizo referencias personales.
El supervisor levantó la vista por primera vez.
—Todos lo hacen.
—No de ese modo.
Hubo un silencio breve, calculado.
—¿Desea dejar constancia escrita? —preguntó.
Pensé en la pulsera azul. En el calor de aquel verano. En el sonido que no hice.
Negué con la cabeza.
—No fue necesario —mentí.
El supervisor asintió, satisfecho. Aquí las mentiras no eran un problema mientras se mantuvieran dentro del informe.
En mi oficina cerré la puerta y apoyé la frente contra ella. Respiré despacio, contando mentalmente. Uno. Dos. Tres. No funcionó.
Abrí el expediente de Marco Vega en la pantalla. Lo había leído la noche anterior, dos veces. Nada fuera de lo común. Origen humilde. Historial de conductas impulsivas. Una víctima. Un testigo. Una condena limpia.
No había espacio para mí en esa historia.
Y sin embargo, él había dicho 2008 sin dudar.
Abrí el archivo de grabación de la entrevista. Retrocedí hasta el momento exacto.
—¿Todavía guarda la pulsera azul?
Pausé el video.
Mi reflejo congelado en la pantalla no parecía el de una profesional segura. Parecía alguien sorprendida en un lugar equivocado.
Apagué el monitor.
San Marcos tenía reglas claras:
No involucrarse emocionalmente.
No investigar fuera de lo asignado.
No repetir entrevistas sin autorización.
Apreté los labios.
Siempre había respetado las reglas.
Hasta ahora.
Esa noche no dormí. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver el color azul, deslavado por el sol y el agua. Volvía a escuchar el silencio de entonces. No un silencio vacío, sino uno lleno de decisiones.
A la mañana siguiente pedí acceso a las entrevistas previas de Marco Vega.
El sistema tardó unos segundos en responder.
ACCESO DENEGADO
Nivel de autorización insuficiente
Fruncí el ceño. Eso no era normal. Como psicóloga asignada, debía tener acceso completo.
Volví a intentarlo.
Nada.
Me recosté en la silla, incómoda. En San Marcos, cuando algo no estaba disponible, era porque alguien había decidido que no lo estuviera.
Un mensaje apareció en la bandeja interna.
CITA CONFIRMADA
Interno 0417 — Marco Vega
Hora: 16:00
Sala de entrevistas 3
No la había solicitado.
Sentí un nudo en el estómago. No de miedo. De anticipación.
Miré el reloj. Faltaban seis horas.
Seis horas para decidir si iba a seguir fingiendo que aquel verano no existió…
o si estaba lista para escuchar lo que un asesino decía saber sobre mí.
Y, por primera vez en muchos años, tuve claro algo que me heló la sangre:
Si Marco Vega hablaba,
yo no estaba segura de salir inocente.