Audiencia
La sala no se parecía en nada a San Marcos.
Tenía ventanas.
Luz natural.
Un murmullo constante que no intentaba ocultarse.
Ese detalle, mínimo, me descolocó más que cualquier pregunta. Durante años me había acostumbrado a espacios diseñados para controlar lo que se decía. Aquí, en cambio, el sonido circulaba libre.
Me senté frente al panel con las manos visibles sobre la mesa. No por protocolo, sino por decisión. No quería esconder nada más.
—Gracias por comparecer, doctora Rivas —dijo la presidenta de la comisión—.
—No estamos aquí para juzgarla. Estamos aquí para entender.
Asentí.
La primera hora fue técnica. Fechas. Roles. Firmas. Yo respondí sin adornos. No corregí el lenguaje para suavizarlo. No ofrecí explicaciones emocionales cuando no las había tenido.
—Usted sabía que el programa podía generar disociación moral —dijo uno de los miembros—.
—Aun así, participó.
—Sí.
—¿Por qué?
Pensé unos segundos antes de responder.
—Porque ofrecía orden —dije—.
—Y porque el orden es tentador cuando uno no quiere mirar el caos que ayudó a crear.
Nadie interrumpió.
—¿Se arrepiente?
La pregunta flotó en el aire con una carga que no era jurídica.
—No de haber hablado —respondí—.
—Sí de haber esperado tanto.
Tomaron notas. No con prisa. Con atención real.
Entonces llegó la pregunta que sabía que aparecería tarde o temprano.
—Si pudiera volver a aquella noche —dijo la presidenta—, ¿qué haría distinto?
No respondí de inmediato.
—Llamaría —dije al fin—.
—Y me quedaría.
Hubo un silencio largo. No incómodo. Necesario.
Al salir de la audiencia, el pasillo estaba lleno de gente que no conocía. Abogados. Observadores. Periodistas que aún no sabían si yo era una fuente o un riesgo.
Pasé entre ellos sin detenerme.
Afuera, el aire era frío y limpio. Respiré hondo.
Mi teléfono vibró.
Mensaje de Lucía.
“Marco apareció en un registro antiguo.
No murió.
Pero ya no está donde debería.”
Cerré los ojos un instante.
No era un final.
Nunca lo había sido.
Pero era algo distinto: una continuidad fuera del silencio.
Caminé sin apuro hacia la calle principal. Sabía que vendrían más audiencias, más versiones, más intentos de simplificar lo que nunca lo fue.
Aun así, sentí algo que no había sentido desde antes del verano.
No alivio.
No redención.
Dirección.
Porque hablar no había arreglado el daño.
Pero había roto el mecanismo que lo mantenía oculto.
Y eso, aunque incompleto,
era suficiente para seguir.