Lo que queda
Volví a casa caminando.
No por falta de transporte, sino porque necesitaba sentir el tiempo pasar a un ritmo humano. Cada paso era una forma de confirmar que el mundo seguía ahí, incluso después de haber dicho cosas que no se pueden retirar.
Encendí la radio al llegar. Una costumbre vieja. Voces hablando de economía, de clima, de fútbol. La vida continuando con una indiferencia casi reconfortante.
En la mesa del comedor dejé una carpeta nueva. No tenía sellos, ni logos, ni advertencias. Solo hojas en blanco. Me senté frente a ella sin abrir nada, sin escribir nada todavía.
Pensé en Marco.
No como interno.
No como contenedor.
Como alguien que había entendido antes que yo una verdad incómoda: que cargar con el silencio también es una forma de prisión. Y que a veces, quedarse dentro es menos doloroso que salir con todo a cuestas.
El teléfono vibró una vez más.
No era un número oculto.
Era un nombre.
Lucía
—No van a cerrar San Marcos —dijo sin rodeos—.
—Van a transformarlo.
—¿En qué?
—En un caso de estudio —respondió—.
—Despersonalizado. Teórico. Seguro.
Sonreí con cansancio.
—Eso también es una forma de enterrarlo.
—Sí —admitió—. Pero no completamente.
—¿Qué quieres decir?
—Que ahora hay registros —dijo—. Versiones cruzadas. Personas que no aceptaron volver a callar.
—Aunque lo maquillen, ya no puede funcionar igual.
Colgamos sin despedirnos.
Abrí la carpeta en blanco.
Escribí un solo encabezado:
Lo que queda
Debajo, nada.
No sabía todavía qué iba a quedar después de todo esto. Carreras truncadas. Vínculos rotos. Confianza debilitada. Quizás algo de justicia, parcial, incómoda.
Pero sí sabía qué no quedaba más.
La negación.
La pausa eterna.
La zona muerta.
Miré por la ventana. El cielo estaba gris, pero no pesado. Un gris transitable.
Pensé en todas las personas que alguna vez se enfrentarían a una decisión pequeña en apariencia, enorme en consecuencias. Pensé en cómo nadie les explicaría que el silencio no es vacío, sino una acción prolongada en el tiempo.
Tomé el bolígrafo.
Empecé a escribir.
No para publicar.
No para defenderme.
Para dejar algo detrás, por si alguien más, algún día, necesitaba una prueba sencilla de que hablar no siempre salva…
pero callar casi nunca.
Cerré la carpeta al caer la tarde.
Lo que quedaba no era limpio.
No era ordenado.
Pero era real.
Y por primera vez,
eso era suficiente.