Nombre propio
Me llamaron por mi nombre completo por primera vez en meses.
No en un titular.
No en un comunicado.
En una sala pequeña, con una secretaria que lo pronunció sin énfasis, como si fuera un dato y no una advertencia.
—Doctora Elena Rivas.
Me levanté y entré.
Del otro lado de la mesa había tres personas que no pertenecían a ningún comité ni a ninguna comisión. No tenían carpetas gruesas ni lenguaje clínico. Eran fiscales. Y eso cambiaba todo.
—No venimos a hablar del sistema —dijo uno de ellos—.
—Venimos a hablar de responsabilidades concretas.
Asentí.
—Eso llega tarde —respondí—. Pero llega.
No fue una audiencia larga. Tampoco fue hostil. Me hicieron preguntas que nadie antes había querido formular de forma directa. Sobre la noche. Sobre la decisión. Sobre el tiempo exacto que pasó entre el gesto y la retirada.
Respondí sin rodeos.
No intenté diluir nada en contexto.
Cuando terminé, uno de ellos cerró la carpeta con cuidado.
—Gracias —dijo—.
—Esto ya no es abstracto.
Al salir, sentí algo extraño: peso localizado. Durante años, la culpa había sido difusa, omnipresente. Ahora tenía forma jurídica. Y eso, paradójicamente, la hacía más soportable.
En casa, encontré otro mensaje.
Esta vez no era anónimo.
Era de alguien que había trabajado en San Marcos antes que yo.
“Te odié cuando hablaste.
Hoy entiendo por qué no podía hacerlo yo.”
Leí el mensaje varias veces.
No respondí.
Algunas cosas no necesitan respuesta para quedar completas.
Abrí la carpeta Lo que queda y añadí otra línea:
Nombrar no repara.
Pero deja de proteger al silencio.
Miré el reloj. Era tarde, pero no me sentía cansada. Hablar había cambiado algo fundamental: ya no estaba defendiendo una versión. Estaba habitándola.
Pensé en Marco una vez más. No como símbolo. Como persona. Me pregunté si en algún lugar, con otro nombre, habría sentido ese mismo alivio breve al ser reconocido, aunque fuera por un instante.
Apagué el portátil y me recosté en el sofá.
No sabía cómo terminaría todo esto. Quizás con condenas mínimas. Quizás con reformas cosméticas. Quizás con nada que pudiera llamarse justicia plena.
Pero sabía algo con certeza:
El silencio ya no tenía mi nombre.