El vidrio

Capítulo 3 • 10 Feb 2026 2 vistas 3 min

Llegué a la sala de entrevistas diez minutos antes. No por profesionalismo, sino porque no soportaba la idea de esperar en mi oficina, mirando el reloj, imaginando posibilidades.

La sala 3 era idéntica a la anterior: mesa, dos sillas, vidrio blindado. Pero algo se sentía distinto. Tal vez era yo. Tal vez era la certeza de que esta vez no iba a poder fingir normalidad.

Me senté y acomodé la carpeta frente a mí. Estaba vacía. No necesitaba papeles para esta entrevista. Necesitaba control. Y no estaba segura de tenerlo.

El intercomunicador emitió un leve zumbido. Del otro lado, la puerta se abrió.

Marco Vega entró sin escolta.

Ese detalle, mínimo pero crucial, me tensó los hombros.

Se sentó despacio, como si conociera el ritmo exacto del lugar. No me miró de inmediato. Apoyó las manos sobre la mesa, relajado. Demasiado.

—Buenas tardes, doctora —dijo al fin—. Hoy se ve distinta.

—Mantengamos esto profesional —respondí—. No estoy aquí para comentarios personales.

Marco sonrió.

—Entonces no me pregunte por qué pidió verme otra vez.

Me quedé inmóvil. No había sido yo.

—La cita fue asignada por el sistema —mentí.

—Claro —dijo él—. El sistema.

Activé la grabación. El pequeño punto rojo apareció en la esquina de la pantalla. Todo estaba siendo registrado. Eso me dio una falsa sensación de seguridad.

—Ayer interrumpió la entrevista con información no relacionada al caso —comencé—. Hoy quiero que me explique cómo obtuvo esos datos.

Marco inclinó la cabeza, curioso.

—¿Datos? No. Recuerdos.

—No juegue conmigo —dije—. No hay registro de ningún vínculo previo entre usted y yo.

—Eso depende de qué considere vínculo.

Mi pulso se aceleró, pero mantuve la voz firme.

—Explíquese.

Marco se acercó al vidrio. No lo tocó. Nunca lo hacía. Aquí nadie tocaba nada que importara.

—Usted estaba ahí —dijo—. No cuando pasó todo. Antes. Y después.

Sentí un cosquilleo incómodo en la nuca.

—Está describiendo algo muy vago —respondí—. Necesito hechos.

—De acuerdo —asintió—. Hecho uno: no fue un accidente.
—Hecho dos: nadie la obligó a irse.
—Hecho tres: usted miró el teléfono… y decidió no marcar.

Mi respiración se volvió superficial.

—Está confesando haber investigado mi vida —dije—. Eso es una violación grave del protocolo.

Marco negó lentamente.

—Nunca investigué nada. No hizo falta. Usted siempre vuelve a los mismos lugares. A las mismas horas.

Lo miré fijamente. No debía mostrar reacción. No debía.

—¿Qué quiere? —pregunté.

Por primera vez, Marco dejó de sonreír.

—Quiero que usted haga conmigo lo que no hizo entonces —dijo—.
—Escuchar.
—Y quedarse.

El silencio cayó como un peso muerto entre nosotros.

La grabación seguía activa. Las cámaras seguían observando. El sistema seguía funcionando.

Pero nada de eso me protegía de la certeza que empezaba a formarse, lenta e implacable:

Marco Vega no estaba intentando intimidarme.
No estaba buscando un trato especial.
Ni siquiera parecía querer salir libre.

Él quería algo mucho más peligroso.

Quería que yo recordara.

Y mientras lo observaba al otro lado del vidrio, entendí que esta vez no habría botón de emergencia, ni protocolo, ni puerta que pudiera abrir lo suficientemente rápido.

Porque lo que había encerrado durante años
acababa de sentarse frente a mí.

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