El informe

Capítulo 4 • 10 Feb 2026 2 vistas 3 min

No escribí el informe de inmediato.

Esa omisión, mínima en apariencia, fue la primera grieta real. En San Marcos todo quedaba registrado: palabras, gestos, silencios. La ausencia de un informe era tan visible como una confesión.

Cerré la puerta de mi oficina y bajé las persianas. El pasillo quedó reducido a una franja de luz artificial. Me senté frente al computador y abrí el formulario estándar.

Entrevista 2 — Interno 0417
Estado emocional del evaluado: estable
Conducta: colaborativa
Contenido relevante: ninguno

Me detuve.
Borré la última línea.

Volví a escribirla.
La borré otra vez.

Apoyé las manos sobre el teclado sin presionar ninguna tecla. No podía ponerlo por escrito. No sin convertirme, de golpe, en parte del expediente.

Me levanté y fui hasta el lavabo. El reflejo que me devolvió el espejo no me gustó: ojeras marcadas, labios tensos, esa rigidez en los hombros que solo aparecía cuando algo estaba fuera de control.

Abrí la llave del agua fría y la dejé correr más de lo necesario. El sonido me ayudaba a pensar.

Usted miró el teléfono… y decidió no marcar.

No había cámaras aquel día. No había testigos. Solo yo, el calor y un silencio que parecía no terminar nunca. Nunca lo había llamado crimen. Nunca lo había llamado nada.

Volví al escritorio cuando la pantalla se oscureció por inactividad. El sistema no esperaba eternamente.

Escribí al fin:

Observación: El interno demuestra tendencia a la sugestión y a la manipulación psicológica mediante referencias personales no verificables.

Era una frase segura. Técnica. Impersonal.
Mentía sin mentir del todo.

Guardé el archivo, pero no lo envié.

Un golpe suave en la puerta me hizo dar un salto casi imperceptible.

—Doctora Rivas —dijo una voz masculina—. ¿Tiene un minuto?

Abrí. Era el director del centro. Sonrisa controlada. Ojos atentos.

—Por supuesto.

Entró sin esperar invitación. Miró alrededor como si buscara algo fuera de lugar.

—Marco Vega —dijo—. Es un interno complejo.

—Eso ya lo sabía cuando me asignaron el caso.

Asintió.

—No suele generar reacciones tan rápidas en el personal —añadió—. Dos entrevistas en menos de veinticuatro horas no es habitual.

—La primera fue interrumpida —respondí.

—Lo sé.

Esa respuesta me heló un poco la sangre.

—San Marcos se basa en la estabilidad —continuó—. Y usted es una profesional estable, doctora Rivas. Por eso está aquí.

Esperó. Yo también.

—Le recomiendo que mantenga esa estabilidad —concluyó.

Cuando se fue, el aire pareció volver a circular.

Cerré la puerta y me apoyé contra ella. Ya no se trataba solo de Marco. O de mí. El centro estaba observando. Quizá desde antes.

Miré el reloj. Faltaban pocos minutos para el final del turno.

Antes de apagar el computador, abrí una carpeta que no consultaba desde hacía años. No estaba en San Marcos. Estaba en mi portátil personal, en casa.

La había nombrado de forma absurda, casi irónica.

Verano

La abrí.
Había solo tres archivos.

Una fotografía borrosa.
Un mensaje de voz incompleto.
Y un número de teléfono que jamás marqué.

Cerré la carpeta con un clic seco.

Al salir del centro, el cielo ya estaba oscuro. Respiré aire frío, real. Durante unos segundos creí que todo volvería a su lugar.

Entonces mi teléfono vibró.

Número desconocido
“Mañana también estaré listo para hablar.”

No decía quién era.
No hacía falta.

Apreté el móvil con fuerza mientras una certeza incómoda se asentaba en mí:

El informe no había sido el error.
El error fue creer que aún tenía opción de escribir uno honesto.

Porque ahora, quisiera o no,
yo ya formaba parte del caso.

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