La llamada que no hice

Capítulo 5 • 10 Feb 2026 2 vistas 3 min

No respondí el mensaje.

Lo leí tres veces, como si el texto pudiera cambiar si lo miraba desde otro ángulo. Luego bloqueé el número. Un gesto automático, casi infantil, que no me dio la tranquilidad que esperaba.

Esa noche llevé trabajo a casa por primera vez desde que entré a San Marcos. No informes. No evaluaciones. Me llevé la sensación de estar siendo observada desde un lugar sin cámaras.

Mi departamento estaba en silencio cuando llegué. Demasiado ordenado. Demasiado igual a cualquier otra noche. Dejé las llaves en el mismo lugar de siempre, me quité los zapatos, encendí una sola luz. Todo normal. Todo falso.

Abrí el portátil.

La carpeta Verano seguía allí.

No la abrí de inmediato. Preparé té. Me senté. Dejé que pasaran varios minutos, como si el tiempo pudiera suavizar lo que sabía que iba a encontrar.

Finalmente, hice clic.

La fotografía apareció primero. Borrosa, mal encuadrada. Dos figuras al fondo, casi irreconocibles. El borde de una piscina. El color azul gastado dominándolo todo. Yo había tomado esa foto sin saber por qué. O sabiendo demasiado bien.

La cerré y abrí el archivo de audio.

Duraba veintisiete segundos.

Mi voz, más joven. Más temblorosa.

—No sé qué hacer… —decía—. Si llamo ahora, todo cambia. Si no llamo… no sé si pueda vivir con eso.

El archivo se cortaba ahí. Nunca grabé el final porque nunca tomé la decisión en voz alta.

Cerré el portátil de golpe.

Marco había dicho que nadie me obligó a irme.

Tenía razón.

Me levanté y caminé por el departamento sin rumbo. La lógica profesional intentaba imponerse: es coincidencia, es manipulación, es una estrategia clásica. Pero esa lógica no explicaba el número. Ni el mensaje. Ni el acceso que él parecía tener a un pasado que yo había enterrado con cuidado clínico.

Mi teléfono vibró otra vez.

Mismo número.
Bloqueado.
Mensaje entrante.

“Bloquear no borra.”

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

No contesté. No llamé a nadie. No informé al centro.

Me senté en el sofá y dejé que la noche avanzara sin mí.

Al día siguiente, al llegar a San Marcos, noté algo distinto de inmediato. No era visible. Era una sensación, como cuando una habitación conserva el eco de una conversación ajena.

En recepción, la guardia evitó mirarme a los ojos.

—Doctora —dijo—, hoy no tiene entrevistas programadas.

Asentí, aliviada por una fracción de segundo.

—Excepto una —añadió—. Solicitud directa del interno 0417. Aprobada por dirección.

La miré.

—¿Desde cuándo los internos solicitan entrevistas directas?

—Desde hoy.

Caminé hacia el ascensor con una certeza incómoda creciendo en el pecho. Marco no estaba reaccionando a mis movimientos. Los estaba anticipando.

En el ascensor, mi reflejo en el espejo metálico parecía más cansado, más real. Ya no era solo una psicóloga evaluando a un recluso. Era alguien que había postergado una decisión durante años… y a quien el tiempo acababa de alcanzar.

Cuando las puertas se abrieron, supe que esta vez no iba a poder mantener la distancia.

Porque Marco no estaba forzando una confesión.
Estaba esperando algo mucho más preciso.

Que yo hiciera, por fin,
la llamada que no hice.

Comentarios

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en comentar!