Zona muerta
La sala de entrevistas estaba ocupada cuando llegué. No por Marco. Por dos técnicos revisando el intercomunicador.
—Falla menor —dijo uno sin mirarme—. Interferencia en el canal de audio. Nada grave.
Asentí y me senté a esperar en la antesala. En San Marcos, nada grave solía significar nada que figure en el informe.
Cuando por fin me indicaron que podía pasar, el vidrio ya estaba limpio, pulido hasta volverse casi invisible. Me senté. Ajusté la silla. Coloqué la carpeta frente a mí como un amuleto inútil.
Marco entró dos minutos después.
Hoy llevaba el uniforme con las mangas arremangadas. Un detalle mínimo. Suficiente para decirme que estaba cómodo.
—Buenas tardes —dije.
—No lo son —respondió—. Pero podemos fingir.
Activé la grabación. El punto rojo tardó un segundo más de lo normal en encenderse.
—Ha solicitado esta entrevista —comencé—. Explique el motivo.
Marco apoyó los codos sobre la mesa.
—Ayer la dejé con una tarea —dijo—. Pensé que hoy vendría con una respuesta.
—No me deje tareas —repliqué—. No soy su terapeuta personal.
—No —sonrió—. Es algo más complicado que eso.
Respiré hondo.
—Ha estado contactándome fuera del centro. Eso es una violación directa de las normas.
—¿Lo es? —preguntó—. Porque nadie me ha llamado para advertirme.
Me quedé callada.
Marco observó el intercomunicador y luego el vidrio.
—¿Sabe qué es una zona muerta? —preguntó—. Un lugar donde la señal no entra ni sale. Donde todo parece funcionar… pero no deja rastro.
—Vaya al punto —dije.
—Usted vivió en una durante años.
Mi mandíbula se tensó.
—No hablaré de mi vida personal —afirmé—. Si continúa por ese camino, terminaré la entrevista.
Marco se reclinó en la silla.
—Entonces hablemos de la mía.
Esperé.
—Me condenaron por algo que hice —dijo—. No tengo problema con eso. Lo que me interesa es lo que no se investigó alrededor.
—Está insinuando irregularidades procesales.
—Estoy diciendo que alguien más tomó una decisión esa noche —corrigió—. Y que esa decisión pesó más que cualquier testimonio.
El punto rojo parpadeó.
Me incliné hacia el vidrio.
—¿Qué quiere de mí, Marco?
No respondió de inmediato. Me sostuvo la mirada con una calma desconcertante.
—Quiero que venga mañana —dijo—. A la misma hora. Pero sin grabación.
—Eso es imposible.
—No —negó—. Es inconveniente.
—No va a ocurrir.
Marco sonrió con una tristeza casi sincera.
—Entonces seguirá viviendo en la zona muerta —dijo—. Donde nadie la juzga… porque nadie sabe.
Me levanté.
—La entrevista terminó.
Presioné el botón. Nada ocurrió.
Volví a presionarlo. El intercomunicador emitió un chasquido seco y quedó en silencio.
Marco no se movió.
—Se lo dije —susurró—. Interferencia.
Golpeé el vidrio con los nudillos. Dos veces. Tres.
Nadie acudió.
Mi respiración empezó a acelerarse. No por miedo a él. Por la sensación de estar aislada dentro de un lugar diseñado para vigilarlo todo.
—No tiene poder aquí —dije, más para mí que para él.
Marco se levantó despacio.
—No —admitió—. El poder no.
—Solo el tiempo.
La puerta del otro lado se abrió de pronto. Un guardia apareció, confundido, como si acabara de despertar.
—¿Todo bien? —preguntó.
Asentí demasiado rápido.
Salí de la sala sin mirar atrás.
En el pasillo, el supervisor me esperaba.
—Problemas técnicos —dijo—. Ya está resuelto.
—Quiero que Marco Vega sea reasignado —dije—. Hoy mismo.
El supervisor me observó con atención clínica.
—Eso no depende de usted.
—Entonces quiero dejar el caso.
Un silencio.
—Tampoco.
Seguí caminando sin responder. Sabía que algo había cambiado. No en Marco. En mí.
Porque por primera vez, entendí el verdadero alcance de su amenaza.
No quería que confesara.
No quería que me expusiera.
Quería que eligiera.
Y esa noche, mientras el ascensor descendía lentamente, supe que las decisiones que se aplazan no desaparecen.
Se acumulan.
Y cuando vuelven,
no piden permiso.